lunes, 18 de enero de 2010
Recuerdos de infancia
Dedicado a Flavia, nieta de guerreros…hija de nadie
1
Era un paraje solitario en el medio de la llanura amarillenta y eternamente castigada por los vientos.
Cuando por las tardes subía a la sierra podía ver el largo e interminable riel del ferrocarril, atravesando la llanura, como una cicatriz. De un lado pastizales cortos y tierra marrón, sin un árbol, ni una construcción, solo campo, hasta unirse con el cielo. Del otro lado, pegada a la vía, la estación; detrás y a cierta distancia, nuestra casa con sus dependencias: un galpón que hacia a su vez de establo para nuestros animales, el baño y un gallinero prolijamente cuidado.
Mi casa era tan parecida a la estación, con su techo a dos aguas, de sólida piedra, con sus altas ventanas, sus dinteles, su galería; como la estación lo era a todas las que construyeron los ingleses en su andar por el mundo, en la India o en Sudáfrica.
Echas para que duren muchos siglos.
En esa casa nací y crecí. En esa sierra veía pasar los trenes y las tardes intuyendo que había otro mundo por los libros de mi padre y por los rieles que anunciaban otros destinos.
Mi ´tata´ era el jefe de estación, el guardabarrera, el personal de maestranza, inclusive la autoridad civil y judicial de la zona. Y de ser necesario oficiaba como cura cuando había que sepultar algún muerto.
Pues, normalmente de tanto demorarlo esperando los Santos Oficios, de tanto asado, para pasar el tiempo, tanto vino, tanto mate, tanta guitarra y payada, tanto comadreo, el fiambre se comenzaba a cocinar solito en la sala de la estación, sin que se pudiese entrar por la hediondez dulzona de la muerte, y porque ya casi ninguno recordaba que eso era un velorio.
Entonces, al cabo de un par de días, en los cuales se habían engendrado dos o tres niños, para reemplazar al difunto. Se habían corrido unas cuadreras. Se habían trenzado los borrachos pendencieros, faca en la derecha y poncho enrollado en la izquierda, a modo de escudo. Luego de que se hubiese negociado alguna tropilla. Entonces, cuando el evento amenazaba en degenerar en fiesta popular y empalmarlo con las Natividades de Jesús.
Y cuando en el comadreo del fogón, algún desmadrado había pasado, sin escala, de la “luz mala”, al “familiar”, al “porá”, y siguiendo la línea del razonamiento se había ido a meter con los monstruos de hierro, y las ideas apocalípticas concomitantes, que por estás lejanías era el Ferrocarril Sud.
En ese momento, con el acordeón en las manos, herido en su positivismo, en su calidad de jefe de la estación y en su orgullo de agente del progreso. Mi padre interrumpía un jolgorio que amenazaba con perpetuarse:
- ¡Bueno, bueno!... ¡haber si nos dejamos de macaneo!, y enterramos al finado antes de que se lo acaben las cucarachas.
Y a falta de cura, o de alguien que supiese leer, ponía cara de circunstancia, digamos, la solemnidad de quien se las entiende con misterios trascendentales, quien matea con el Tata Dios, mientras la paisanada anda renegando con la vaca, el caballo y la bosta.
Sin mucho protocolo rumiábamos un Ave Maria, poco más que un murmullo confuso, que incluso podía creerse que lo rezábamos en latín.
En eso se estaba el día que llego a tiempo el cura, en un zulki desvencijado, con su barriga abultada como de hidropico, que en realidad era de bebedor fuerte, imbatible, también, en su capacidad de gula, con su cara colorada, su trabajosa respiración, sus mofletes siempre agitados, y una calva franciscana hecha por los años y el descuido, más que por la filiación monástica.
Y luego de echarnos encima toda la Cúpula Celeste, por brutos y sacrílegos, en su enroscado castellano con trazos de catalán y puteador empedernido, se quedo una semana cristianizando a sus bestias:
- ¡¿Pero que coños sois?!, bestias o cristianos que no sabéis el Ave Maria…- nos increpó por saludo.
Casó a los amancebados, bautizó a los críos para que no fueran consumidos a fuego y tormento en el infierno. Inclusive circuncido a un gaucho, de quien no se decían buenas cosas.
Fue una situación muy discutida, que pudo haber abierto una apología teológica, de no ser que todos éramos unos ignorantes, la noche en que se lo encontró agachado y con el instrumento del susodicho en la mano…
- ¡Pero hombre!, ¡que le estoy circuncidando!... ¿o no sabéis que es un Sacramento?- nos explicó el buen cura.
No lo sabíamos, pero de todos modos nadie quiso tomar un sacramento optativo y dudoso.
A la semana se despedía con lagrimas en los ojos, llevándose al paisano circunciso para hacerlo sacerdote.
---------------------------
2
Fuera de los entierros, los cuales a mi infantil entender eran un suceso divertidísimo, no sucedían grandes cosas.
Excepto por la Navidad y mi cumpleaños, que si bien no tenían un difunto al cual espiar con mis camaradas de travesuras, o hincarle ramas en los ojos, de todos modos eran los momentos más bonitos pues mi padre siempre me sorprendía con regalos que en un principio me desconcertaban, pero que luego me mantenían fuera de la cotidiana rutina hasta una nueva sorpresa.
Así fue con mi yegua Sofía, el velocípedo, que muchos años después comencé a llamar bicicleta para evitar las carcajadas de mis pares; el telescopio, mi primer rifle, los muñecos de madera que no dejaban de caminar a menos que los derribara por la fuerza, y de todos modos seguían pataleando, y los libros, muchos libros.
Además de esto, el día a día se iba entre el tren que pasaba a las seis de la mañana, rumbo al sur. Hora en la que mi madre ya había preparado el café fuerte y amargo, que papá tomaba mientras se engominaba hacia arriba su frondoso bigote; ya calzadas las botas, los pantalones negros de franela, una casaca corta, sombrero de ala ancha, y su Máuser 1889 cargado, como si fuera a hacer la guerra, o a matar elefantes al África, con mucha elegancia.
Todo esto para recibir un tren que dejaba correo, alguna mercadería, escasas ocasiones un pasajero, y dos o tres veces al año para cargar granos o mayormente lana, que según palabras de mi padre era embarcado en puertos del sur para:
- cagar al gobierno…
Aunque yo no entendía esto ultimo, ni tampoco lo de puertos, ni embarques.
El segundo tren pasaba a las cinco de la tarde, hora, que en invierno está cayendo el sol, de modo que solo en verano veía el convoy desde la sierra.
Este nunca cargaba nada (algo tendría que ver con las palabras de mi tata), y se dirigía al norte, hacia Buenos Aires.
Con respecto al tren de la mañana nunca pude imaginarme donde se detenía. Pero de la ciudad al que iba el tren de la tarde sabía muchas cosas, sobretodo por los libros que leía.
Tenía entendido que era una ciudad muy grande y bonita, en la que había muchas casas todas juntas, sin campo de por medio; y en donde a las mujeres se les decía “damas”, las cuales usan unos vestidos enormes, y un esperpento de sombrero llamado “miriñaque”. A no ser que vendan velas o mazamorra, en cuyo caso no se les dice damas, sino “negras”, y llevan pañuelos en la cabeza.
Los hombres suelen ser muy elegantes, como mi padre, aunque tengo entendido que no llevan armas, y se pasan el día en la Estación Central, que se llama Cabildo, peleándose con el Rey, o Virrey, quien, parece ser, que se escapó con un cofre lleno de oro, a la ciudad de Córdoba, cuando llegaron los ingleses a poner el ferrocarril.
Pero, en todo caso, era el Rey, y dueño de todo. Además, decía mi padre, que todos los reyes hacen esto de cargarse con el oro y salir disparando.
Lo cierto es que se la pasaban entre guerras, ventas de mazamorras y velas, peleas en el Cabildo, declaraciones de independencia, y cosas parecidas, mientras sus mujeres, vestidas como payasos, no hacían otra cosa que pasear.
Extraña cosa, nunca entendí como podían vivir entre esos quehaceres sin que nadie se ocupe del ganado o de la labranza.
También sabía que al lado de la Estación Central estaba el puerto, con sus barcos y su mar. Que era como el bebedero de las vacas, pero mucho más grande, y los barcos unos inventos de papel, que el maestro echaba a andar hasta Europa… o hasta que se lo comía una vaca bruta, que no sabía nada de navegación, ni de geografía. Cuando muchos años después vi una fragata me decepcionó saber que no eran de papel.
Esto con respecto al tren que iba al norte.
Con respecto al otro, llegaba hasta el final del mundo, en donde había una ciudad y una cárcel, luego hielo y mar… “el continente blanco”
- Que todavía no ha sido conquistado por el hombre, pero que pronto lo será- decía el maestro.
La escuela funcionaba en el comedor de mi casa entre los libros, la chimenea siempre prendida, las armas, las idas y venidas de mi madre en sus tareas.
Éramos nueve alumnos alrededor de la mesa familiar escuchando extasiados unas vainas de “Jardines colgantes de Babilonia”, de “muros de Jericó caídos al toque de trompeta”, de los teoremas de un tal Tales y otro Pitágoras, de un muchacho que mataba gigantes a gomerazos, y de unos monos que se transformaban en hombres de a poquito, motivo por el cual los africanos, que nunca habíamos visto, eran negros. Cosa de la que ya comenzábamos a desconfiar.
- yo creo que tu tata está chiflado…- me dijo una tarde Miguel, mientras hacíamos puntería con mi carabina.
- yo también- respondí susurrando al oído, como si pudiese escucharnos en el medio de la pampa.
- si, pero que buenas historias cuenta- agregó Miguel.
Mi padre, también, era el maestro.
---------------------------------------
3
Después de la clase cada uno volvía a su rancho, excepto cuando había tormenta o malón. No sabíamos muy bien de que se trataba. Pero en esos casos las clases se hacían más largas, mi madre se pasaba el día cocinando, y se improvisaban camas alrededor de la chimenea
La diferencia entre un malón y una tormenta era que en el primero no pasaba el tren, y podíamos quedarnos sin comida. En cuyo caso mi padre tenía decidido comerse primero los caballos, luego los perros, y si el asedio continuaba, también a los indios. Que según él, eran muy sabrosos, algo así como monos, pero más malos y salados.
En cambio, en una tormenta hay lluvia, truenos, granizo, rayos, y lo más peligroso era que uno viniese a dar sobre nuestra casa, para cuya eventualidad mi padre había trabajado arduamente, enterrando una lanza bajo la casa, la cual estaba conectada a otra en el techo. Una cosa de brujería.
Pero en los malones el peligro era ciertísimo, tal es así que se cargaban todas las armas, y mi tata pasaba la noche en la mecedora de la galería, con el máuser sobre las piernas.
Mamá preparaba café, sus dos Colt 45, y una carabina con la culata tallada en la que se veía una batalla entre indios y colonos.
Por la mañana ella dormía cerca de nosotros y papá nos despertaba para empezar la clase.
Los malones solían acabar después de que pasaba algún tren hacia el sur, cargado de soldados, fusiles y caballos.
A los dos o tres días volvían muy contentos, aunque a veces eran menos. Nos regalaban muchas cosas. Conversaban con papá, a veces discutían y seguían viaje.
Luego venían los papás de mis amigos y cada cual a su rancho.
Por algún motivo ellos tenían ranchos y yo casa.
Por otro lado, una tormenta acaba cuando el Tata Dios termina de baldear sus pisos.
-------------------------------------------
4
Siempre nos gustaron más los malones que las tormentas.
Ver a mamá vestir pantalones, botas, camisa, hacerse dos largas trenzas con su pelo rubio, llevar el cinto con balas y sus pistolas plateadas. Era como las heroínas de las películas que hoy veo en mi vejez, pero mucho más callada, con una mirada que podía calar en el fondo de las mientes, era la única persona que no tenía miedo, como si lo que sucedía no tuviese ningún misterio para ella.
Mi padre que solía ser excéntrico y hablador, se volvía serio y silencios. Lo cual me hacia pensar que algo malo sucedía.
Estaba acostumbrado a verlo con su acordeón, contando historias, o haciendo cosas de hechicería, como el jaleo de parar los rayos con un palo. Siempre con una sonrisa, y unos chistes, a veces socarrones.
De todos modos vivíamos una aventura de las más hermosas, por las armas, la parafernalia, y la expectativa. Aunque tuviésemos miedo de acabar por comernos los caballos…en todo caso no sería la primera vez.
---------------------------------
5
Sin embargo, un día el asunto empezó siendo un malón, después se desató una tormenta del demonio. Pasaron tres trenes hacia el sur, que no volvieron.
Y la tormenta cesó, pero el malón, no.
Durante el día, luego de la clase, jugábamos en el campo, sin alejarnos de la casa, pero al caer el sol, nuevamente nos encerrábamos.
Mi padre y mi madre estaban cada día más serios mirando siempre hacia el horizonte.
Las cosas empeoraron la noche en que despertamos por el disparo del máuser que hizo temblar la tierra.
Vimos desmontar a un gaucho harapiento, sucio y muerto de hambre, que traía la muerte dibujada en el rostro.
Mientras papá le cosía el hombro, que le habían abierto de un sablazo, él tomaba grapa, y comenzaba a soltar la lengua,
-¡esos milicos hijos de una gran puta han acabado con toda la peonada!...
Contaba que les hacían cavar las tumbas y luego los fusilaban al ladito, para ahorrarse trabajo, pues eran muchos los finados.
- ¿muchos?, ¿cuántos?
- no sé doña, pero mataron a todos los que conozco…a toda una tropilla…mataron a mi hermanito…un gurí de doce años…
Entonces, a este gaucho, uno de esos hombres duros, a quien tanto conocía, hombres que no sueltan una lágrima ni al enterrar a sus madres, le rodaban las lágrimas por las mejillas, mientras apretaba los dientes con ojos encendidos de fuego, violencia y dolor.
----------------------------------------
6
En esos días escuché a mamá decir un rosario completito de puteadas, cosa que no solía suceder. Ni siquiera cuando vinieron los indios a casa y se quedaron a comer con nosotros.
Una noche que siempre recordé, porque uno de ellos, a quien faltaban tres dedos, extendiendo la mano, me dijo
- a tu tata le gusta comer indio…
Y todos se rieron cuando pregunté a cual nos comeríamos esa noche.
Luego, mi madre me contó que era hija de un cacique quien trabajaba haciendo malones, y de una irlandesa que sabia tejer, curar todas las enfermedades con yuyos, leer el futuro en las manos y en el fuego, y muchas otras cosas.
Estaba casada con un inglés muy rico que montaba trenes por toda América, y fue robada por los indios de su estancia en un malón.
Pero cuando su esposo fue a rescatarla, con los caballos, los soldados y los fusiles, después de hacer una carnicería entre la indiada, mi abuela, arrugada muy joven por la vida salvaje, con el poncho manchado de sangre, montada sobre un tordo y dirigiendo a la veintena de salvajes que habían sobrevivido y seguían dispuestos a jugarse la vida del último hombre, antes que los gringos se llevasen a la esposa de su cacique… le dijo al hombre que todavía era su marido, en un claro inglés victoriano,
- te me vas bien al carajo, tu y su Majestad la Reina, pues yo no volveré a vivir entre cerdos borrachos e impotentes, y si quieres, me matas aquí mismo, porque si no dejas libre a mi esposo y te vas de mis tierras, te arrancaré el cuero cabelludo, las orejas y se las despacharé a la Reina en obsequio, pues huevos no tienes, para que pueda cortárselos.
Dicen que el inglés se puso pálido, (ese fue el gesto más dramático de su fría vida británica) y ordenó a sus hombres dar la vuelta. A los dos días, el cacique, volvía a su tribu.
Esta historia me hizo entender muchas cosas.
Una, que el indio sin dedos era mi abuelo.
Y la otra, por qué mi padre que era tan valiente, tan sus ruidosas botas, su bigotazo, su Máuser, tan respetado por todos, nunca contradecía a mi madre cuando esta se enojaba, y me decía,
- venga hijo, ensille y vayamos a cazar, que su madre está en los días malos…
Es decir, que estaba enojada, aunque a mi me seguía sonriendo y mimando como siempre.
-----------------------------------------------
7
Pero esa noche maldecía en castellano, inglés y lengua araucana, caminando de una punta a la otra de la galería con el rifle en la mano y los ojos llameantes.
Al voltear la cabeza me miró de frente, se detuvo y dijo a papá,
- si escondemos a este hombre ponemos en peligro a los niños…
- si lo dejamos ir se muere o le matan…
- bien- reflexionó- pero habrá que prepararse…
Por la noche llego una mujer con su guagua a horcajadas, la mirada fría, la boca seca, y la historia de que le habían matado al marido y tres hijos.
Y dos noches después aparecía, al despuntar el alba nuestro cura, con el caballo reventado por la travesía, acompañado del gauchito circunciso, que no pasó de monaguillo, gritando en un catalán colérico unas diatribas parecidas a las de mi madre, y contando los horrores que ya no sorprendían a nadie.
Al día siguiente, luego de haber conversado durante largo rato, subieron a la sierra los hombres con palas y picos, y volvieron dos horas más tarde trayendo varias cajas. En una había fusiles, en otras, balas, en la última, que era tratada con el cuidado de un bebé, unos tubos de madera, que el cura me enseño, diciendo,
- esto es dinamita, niño. Con una haces volar la casa, y con la caja haces volar la luna… ¿entiendes?... ¡coño!, pues entonces no toques, niño…
La tarde siguiente llegaron tres soldados y un indio. No me pareció extraño, estaba acostumbrado a ver pasar militares y aborígenes.
Mi padre salió a recibirlos, pero ellos sin desmontar, y con mucha prepotencia lo rodearon,
- estamos buscando un reo, usted lo habrá visto pasar, pues le venimos siguiendo y la huella nos trae hasta acá…- el salvaje era el baquiano.
- tienen que haber perdido el rastro, pues por acá no pasó nadie…
Se miraron entre ellos con desconfianza, y el sargento volvió a hablar,
- ¿quién está en la casa?
- mi mujer, mis hijos, y el cura del pueblo, que pasa unos días con nosotros…
El sargento hizo un movimiento de cabeza señalando la casa, y los tres enfilaron hacía ella. Mi padre tomó por el brazo al aborigen y lo miró sin decirle una palabra. Este se quedo parado en el lugar, y papá apresuró el paso detrás de los caballos.
Llegaron hasta la casa, desmontaron, ataron los animales a la baranda de la galería, y subieron la escalera, entrando como se lo hace a una pulpería, prepotentes y desconfiados.
El cura estaba sentado en una mecedora leyendo un libro, en el lado opuesto del comedor, mi madre lavaba y pelaba papas, los niños estábamos en mi habitación jugando o simulando que lo hacíamos.
Mamá, al ver llegar a los milicos, nos ordenó ir a jugar a la pieza y no salir por ningún motivo,
- Hijo confió en usted. Si yo disparo, luego lo hace usted. Al pecho y hasta que no quede ninguno en pie… ¡¿está claro!?...
- si mamá- respondí apretando mi carabina.
La mujer, el gaucho que había llegado herido, y el aprendiz de sacerdote, se habían escondido en el altillo. También estaban armados.
El cura cerró su libro al entrar los soldados, mi padre quedó parado en el umbral de la puerta, cuando uno de los soldados le puso una mano en el pecho para cortarle el paso.
Mamá siguió pelando las papas como si nadie hubiese llegado.
El sargento se le acercó por la espalda, lentamente, y comenzó a tocarle las piernas y los pechos, a respirarle en la nuca y a besarla.
Al ver la escena, papá, trató de empujar al soldado que lo detenía, pero este le propino un tremendo culatazo en la cara y mi tata cayó desplomado. En el mismo momento que el otro desenfunda y encañona al cura.
Yo sin saber si mi padre yacía muerto, pero viendo que sangraba a raudales, desarmado y sin haberse defendido. Y viendo al milico asqueroso que manoseaba a mi madre como a una puta, salí de la habitación dispuesto a matarlos, con la furia ciega de un muchachito de doce años que desconoce el peligro.
Todo sucedió en el mismo momento, el soldado que apuntaba al cura, al verme armado, gira su brazo decidido a dispararme. En ese momento la explosión de una escopeta me estremece. Al tiempo que lo veo volar y perder jirones de carne del torso, veo la sotana del sacerdote levantada y humeante el caño del arma que llevaba oculta.
Quedo paralizado de terror, sin poder moverme, sin poder disparar, atrapado en unos segundos que fueron los más lentos que viví.
El sargento se vuelve intentando desenfundar su pistola, pero mi madre que está a su espalda le toma la cabeza con una mano y con la otra le abre un surco en la garganta tan profundo y ancho que podría entrar una mano de canto.
Sin poder sostener la cabeza, y sujetándola desesperadamente con las dos manos, sin contener la catarata de sangre que se le escapa tan rápido como la vida, se tambalea, y cae empujado por la patada que el cura le surte en el pecho.
El tercer soldado, que había derribado a mi padre, y estaba parado junto a su cuerpo inconciente, trata de incorporarse, pero ya es muy tarde.
De un lado tiene el caño de una Colt en la sien, y del otro la escopeta recortada del párroco.
Deja su rifle lentamente en el piso, dibujando una sonrisa tensa y maligna.
- ¡puta!, nadie mata a un milico y lo cuenta – dice, al tiempo que escupe en la cara de mi madre.
- afuera – responde ella, fría, impasible, sin haber perdido la calma ni por un momento.
Y salen caminando, atrás la mujer que guía a punta de pistola.
Mientras mi padre se comienza a parar ayudado por el sacerdote, se escucha un disparo, y vuelve mi madre con el caño del arma respirando el humo de la pólvora, y limpiándose la sangre del rostro, con la expresión del cirujano al salir de la sala de operaciones luego de una rutina difícil pero exitosa.
Pasa junto a mi padre, se agacha levemente lo mira y le acaricia el cabello, pero viene directo hacia mi, con una expresión adusta, fría, rigurosa, quedan a su espalda los dos cuerpos en un lodazal de sangre, uno con un hueco enorme en el estomago, y el otro con la cabeza casi desprendida de los hombros.
Pero de pronto sonríe, y vuelvo a ver la mujer que conozco.
Me toma por los hombros,
- ¡hay Dios!, ¡qué hombres tengo!... uno se hace romper la cara, y el otro se me mea encima…
Y se ríe, y me abraza, y lloro, y me termino de mear…
---------------------------------------
FIN
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario