Dedicado a Maria Antonieta, por hacerme soñar...
En el pueblo de mi infancia los inviernos suelen ser muy fríos, y las tormentas pueden dar miedo. Vivir junto al mar tiene un poco de misterio, de aventura y una nostalgia que se pega a la piel como la sal en los días de verano. Pero sobre todas las cosas hay frió y cuando el verano termina, unas soledades de desierto.
Unos quince años después de haber terminado los estudios secundarios volví a visitar, no se bien a quien. Llegué un mediodía con mucho sol, de un junio bastante cruel. No tenia muchas personas a las que ver, y por una cuestión casi inconciente, de pronto estaba parado frente al colegio donde cursé mis estudios, y ahí es donde comienza la pequeña anécdota que voy a contar.
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Al verla pasar caminado por el patio con su pasito rápido y corto, sus libros contra el pecho, sus ojos azules, el pelo corto completamente blanco, pensé que era un sueño. Pero ella se detuvo, me miró incrédula, y se acercó,
- ¿Roberto?... ¡no puedo creer lo grande que estás!... ¡¿Cuántos años pasaron?!...
Y me abrazó como abrazan los maestros, sabiéndome todavía débil, inseguro, haciendo de cuenta que no veía a un hombre de treinta y cinco años con lagrimas en los ojos…
- quince años, o más…
- ya sos un hombre… ¡y qué hombre!...
- no esperaba encontrarla, profesora…
- Ana, ya no soy tu profesora. Y ¿Por qué no esperabas encontrarme?, estoy vieja pero todavía no me jubilo…
- es que me habían dicho… bueno, no se como decirlo… me dijeron que Ud. había fallecido…
- bueno, esa información es bastante inexacta, como verás… seguro que hay varios que están esperando que me muera, pero sigo siendo la directora de este colegio, y dando clases… Vení, ¿queres ver la escuela?, la ampliamos, se construyeron nuevas aulas, cambió mucho, hay muchos profesores nuevos…
Y comenzamos a caminar por los pasillos que me eran desconocidos, yo con una congoja de crio, y ella tomándome por el brazo como a un amigo de toda la vida.
- Tengo que decirle, Ana, que está hermosa, me parece que mucho más linda que la última vez que la vi, en la fiesta de graduación…
- ¿de verdad?... no estarás queriendo coquetear conmigo… mirá que me hiciste renegar, eras un rebelde… te peleaste con medio plantel de profesores, pero con las profesoras eras un dulce de leche… ¡atorrante!...
Llegamos a la sala de profesores, y me presento como si hubiese sido un alumno emérito. Eran casi todas caras desconocidas. Casi todas, pero al final de la sala estaba él, con una taza de café en la mano, en esa postura de macho porteño, vulgar y chauvinista, más parecido a un taxista que a un docente. Y de pronto recordé cuanto había odiado a ese hombre.
No fue mi profesor, en realidad no era profesor, aunque daba algunas materias. Era jefe de preceptores, de hecho no era nadie, un perdedor, un ignorante, un borracho. Lo único importante que hizo en su vida fue enamorar a Ana, una cordobesa con dos licenciaturas a los veinte pocos años, ingenua, que todo lo que sabia de los hombres era que llevaban un apéndice colgando entre las piernas, porque le pidio a su hermano menor que se lo mostrara cuando ya empezaba a ser una adolescente, y que eran autoritarios, bebedores, y padres de familia que amasan fortunas para permitirle a sus hijas hermosas que estudien filosofía, y poder sacarlas de la cárcel moviendo todas sus influencias y pateando las puertas de todos los despachos, porque su niñita estaba metida en una barricada entre subversivos, estudiantes y los mecánicos de SMATA, con una treinta y ocho en la mano, haciendo puntería a la cabeza de la guardia de infantería, en pleno “cordobaza”.
Esa era ella una hija de familia bien, padre senador y hacendado, que había estudiado filosofía, letras y pedagogía, que había metido la cabeza en quibombos grandes, de los que tuvo mucha suerte de sacarla entera, y de salir de la comisaría siendo todavía virgen. Pero claro, tocarle la nena al senador Geralnik era lo mismo que poner los huevos en una prensa.
La semana que pasó presa cambió su vida, se volvió más jodidamente rebelde, y se mandó la cagada de mirar a los ojos verdes de un conscripto alto, fuerte y hermoso, que la trataba como a una estatuilla de cristal, y en su inocencia, en su miedo, en su soledad de presidiario adolescente, escuchando como picaneaban a sus compañeros de facultad, tuvo la cobardía de enamorarse de ese muchacho que la cuidaba, más que vigilarla.
Ese era este hombre que tenía frente a mi extendiéndome la mano, quien todavía comía y bebía porque ella le dio trabajo, pese a que él se lo devolvía con borracheras, noches de cabaret, insultos y trompadas.
Y yo, cuando era un pibe tenia muy decidido matarlo y llevarme a esa mujer a vivir a otro país, si solo me contestaba una de las ciento treinta y cuatro cartas que dejaba en los bolsillos de sus abrigos, o entre sus libros. Tal vez de ahí me vino el hábito de escribir.
- Supe que sos un exitoso abogado, para nosotros es un gran orgullo que uno de nuestros alumnos haya llegado a ser ´alguien´…
Y juro que pese a mis treinta y cinco años, sentí esa nausea adolescente en el estomago, y estuve a punto de contestarle,
- ¿alguien que no vive de su mujer?...
Pero ya no era un rebelde.
- gracias, Eduardo, pero creo que exagera… soy un abogado más entre los cientos que hay en la ciudad.
- vamos, Roberto, sin modestias, que nadie daba dos pesos por vos…
- si, lo se, es Ud. muy amable en recordármelo, de todos modos, por lo menos, era un muchacho que estaba en la mente de todos…
- ¡eso si! jaja, sin duda, ¡que le sacaste canas verdes a tus maestros!...- dijo Ana para distender una situación que se comenzaba a poner incomoda.
Salimos de la sala de profesores, y me pidió que la acompañe a un aula, pues tenía que dar una clase, cuando llegamos, me dijo,
- ¿tenés que irte?
- la verdad, no tengo nada que hacer, ¿me permite estar en su clase?...
- si, pero te voy a hacer trabajar.
Entramos al salón y me presento como el Dr. Roberto Gera, un ex alumno de la escuela que estaba de visita, contó algunas anécdotas de las travesuras que solía hacer, como ¨ratearme” una semana seguida para ir a jugar torneos de pool con los borrachos de un bar, y encima ganarles y sacarles la plata. Cosa que me costó quince amonestaciones y una de las palizas más gratificante que me dio mi madre (gratificante para ella, era su sino).
Y luego dijo,
- el Dr. Gera, era un muchacho con mucho interés en esta materia, yo creí que iba a terminar siendo profesor de filosofía, lo cierto es que era a una de las pocas materias que le prestaba atención, y de no ser porque sus posiciones siempre eran muy radicales alguna vez lo hubiese aprobado…
- Eso es cierto profesora, siempre terminaba en los recuperatorios de diciembre cebándole mate…
- Nada de reproches. Bueno, ahora el Dr. nos va a hablar del filosofo que estamos estudiando, Jean Paúl Sastre, van a ver que explica todo muy sencillamente. Roberto explicanos eso que se llama la fenomenología, porque nos está dando problemas entenderlo…
La verdad, es que por no tener la costumbre de hablar frente a muchas personas, o porque todo lo que me estaba pasando traía mucha nostalgia, al querer hablar no se escuchó mi vos, y recién cuando logré relajarme, y poner mis pies sobre el Tratado de ontología fenomenológica, con las risas cómplices de los muchachitos y muchachitas de ese quinto año, comencé a deshilvanar a Sastre entrándole por Husserl. Hablé unos cuarenta minutos hasta que sonó el timbre y el aula estallo en un aplauso, entonces sentí tener que irme. Me gustaba eso.
Almorzamos en un pequeño restaurant frente al mar, y le conté en una apretada síntesis los años que pasaron tan de prisa, mi carrera, mi divorcio, mi trabajo, en el fondo eso era todo, trabajo, y vacío. Tomamos vino, me dijo que tenía que volver al colegio, pero que como ya no daba ninguna clase ese día se iba a permitir el exceso.
- Yo no quiero meterme en tu vida, pero creo, siempre creí que eras un muchacho muy sensible, con mucho humor, y con el don de la palabra, y hoy cuando te escuchaba hablar, me decía “¡cómo quisiera yo tener un profesor así!”… pienso que si dieses algunas materias te haría muy bien, y te podría ayudar a salir del encierro en el que vivís…
- puede ser…
- no me digas “puede ser” hago esto hace casi cuarenta años, y aunque a veces estoy cansada, si yo no tuviese mis chicos hace rato que…
Y ví en sus ojos un dolor que conocía. Tuve el impulso de besarla, pero solo tome sus pequeñas y arrugadas manos entre las mías, como queriendo darles calor, y me metí en el fondo azul de su angustia.
- Todavía tengo tus cartas… algunas eran muy efusivas… jajaja… yo me decía “por Dios, este muchachito tiene una tormenta hormonal”, pero me hacia muy feliz sentirme deseada, saberse mirada, me alegrabas la semana, y me reía mucho…
- vio como son los muchachos…
- si, pero vos fuiste especial, porque hay que tener valor para declararle un amor tan desbocado a tu profesora y directora, casada y con hijos, y tratar de convencerla de huir a otro país… jajaja…
Tomamos el café y la llevé hasta la escuela, cuando me tuve que despedir, apenas encontraba las palabras
- pensá en lo que te dije de dar clases, es muy gratificante… Todavía tengo los libros que me regalaste “Los caminos de la libertad”, y la dedicatoria estuvo mucho tiempo dándome vueltas por la cabeza, “Tomá el mazo de naipes, cortá. Si sale impar perdí, prometo no volver a escribir otra carta. Pero si sale par, deja toda esta mierda y nos escapamos a otro país. Te amo.”
- ¡que atrevido!, pero es que estaba locamente enamorado de Ud…
Y quise preguntarle porque nunca dejó a ese perdedor, porque lo soportó toda una vida, si era solo un cerdo que la avergonzaba frente a todos. Pero que derecho tenía yo que me había casado a los veinte, me había divorciado dos años después y hacia una década que estaba solo sin encontrar el valor de volver a intentarlo…
- hoy, si no fuera tan vieja, me iría con vos a otro país…
Me abrazó y se me escapo la debilidad,
- es que vivo tan lejos, tan solo… - no se si trataba de convencerla de que todavia era posible o de que nunca lo fué...
- “Tomá el mazo de naipes, cortá. Si sale impar, perdiste. Pero si sale par dejá todo, huí a otro lugar, buscá una mujer que te ame y ya no sigas llorando tu cobardía”.
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Desperté con la boca seca por el whisky y el tabaco de la noche anterior, con la cara hermosa de Ana mirándome desde muy lejos.
Ella murió hace algunos años, vivió toda su vida al lado de un hombre que solo la cuidó cuando estuvo presa, el resto de su matrimonio fué un ´via crucis´. Al año de su fallecimiento, su esposo murió de tristeza.
Me pregunté todo el día ¿cómo alguien puede ser tan estúpido de tener una mujer tan hermosa, tan inteligente, tan romantica, y no disfrutar cada mañana que se despierta a su lado, cada mirada, cada sonrisa, cada tarde, noche o mañana que la desnuda, cada palabra que sale de su boca, cada vez que se enoja... y luego morirse de pena?…
Fin.
* Me apena usar este título, pero en el se cierra todo lo que cuenta la historia
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