domingo, 17 de enero de 2010
Capítulo I
Primer capítulo de una futura novela
El sol llegaba a lo alto de la cúpula, y cuerpeaba con algunas nubes que presagiaban el aguacero. Una brisa suave acariciaba los pastizales secos de la pampa. Era un verano terco que había logrado agrietar el humus y matar el ganado por falta de pasturas.
A lo lejos, el estruendo de un arcabuz espanto una bandada de teros.
Desde su lugar, escondido en la frondosa copa de un ombú, el niño veía la escena. Abrazado a una rama, descalzo, jadeante, con la mugre de días, la cara sucia de mocos, lagrimas y barro. Sus ojitos celestes parpadearon atónitos ante la explosión del arma. Poco falto para que caiga de su guarida y sea descubierto.
Un infeliz trato de huir a su destino, pero del destino nadie escapa. Y fue alcanzado en la espalda por el plomo y el fuego, que lo lanzaron contra el suelo, abriéndole un hueco el tronco. Procuraba torpemente, juntar sus viseras, como si pudiese recomponerse. Al acercarse el mazorquero rogó,
- ¡no me deje así!, ¡máteme!...
Pero su verdugo lo miró con desprecio y contestó, dibujando una leve sonrisa,
- ¡que te coman los cuervos antes de que mueras!...
Detrás comenzó a aparecer la lúgubre procesión de gauchos barbudos, vestidos con harapos, algunos descalzos, otros con el uniforme del ejército de frontera, todos por igual abatidos. Ya sin ver el sol, con los hombros vencidos por el cansancio, el agotamiento, la derrota y la certeza de lo inevitable. Caminando lentamente con los ojos clavados en la tierra con la que se iban a mezclar.
Resignados, incapaces de resistencia, aceptando su suerte de perdedores, pues si hubiesen ganado la batalla, los que irían montados serían ellos, y sus enemigos los que caminarían a la muerte. Y todo sería distinto. ¿Lo sería?. Sin duda, pues el que va a morir piensa en “sus” hijos, no en los hijos del otro; en “su” hembra, no en la de su prójimo, y en su cuello.
Y el niño tiembla, al verlos acercarse.
Los hombres ya no caminan. Comienza la faena del degüello.
Un oficial da órdenes a los gritos con vos gruesa y ronca. Igual que su padre lo hacía en las tareas diarias de la estancia, en la yerra, la marca, la doma, parado con el látigo en la mano, con el que castigaba por igual a la bestia y al gaucho ladino,
- bestias que hablan, y a muy duras penas…
Solía decir Don Fabricio, el patrón, cuando al lado de su capataz dirigían la labor.
Y los hombres son arrodillados de a uno, a los golpes, con las manos atadas por la espalda, mientras un soldado sujeta del cabello inclinando la cabeza del condenado otro procede a serruchar la garganta. Y la operación dura segundos, es hecha con una destreza y velocidad que podría asombrar si no se tuviese en cuenta que son hombres diestros en el manejo del cuchillo.
Trabajan a la vez varios grupos de soldados para terminar la tarea lo más rápido posible. Uno de ellos, lo hace de un modo distinto. Usando un sable corvo inclinan al desgraciado, luego de arrodillarlo, baja el hachazo con fuerza brutal. La cabeza rueda por el piso, gritando todavía, del cuello sale un fuerte chorro de sangre por los latidos de un corazón desbocado, hasta que comienza a apagarse. Luego cae hacia delante, y viene el turno del siguiente.
El niño tiembla convulsivamente, llora sin hacer ruido, buscando incesantemente a un hombre entre la montonera que está siendo pasada a cuchillo.
De pronto lo ve, lo encuentra, logra ver a su padre, que es arrodillado a golpe de fusta, y patadas. Se acerca su momento. Pero del grupo, surge un revuelo. Mezcla de carcajadas, insultos y lamentos, y aparece corriendo uno con las manos atadas a la espalda y la cabeza colgando, como cuando se le retuerce el pescuezo a la gallina y se la suelta, para que salga corriendo, en un desesperado paroxismo, con la cabeza colgando sobre el pecho, hasta que se detiene y cae. Del mismo modo sucedía. Los vencedores no se privaban de esta diversión, de modo que le cortaron los tendones del cuello y lo empujaban al centro del corro para joder un rato.
El hombre de campo tiene pocas diversiones, menos aún el gaucho venido a soldado en una leva.
Pero entra un oficial con su caballo empujando a la soldadesca, y pistola en mano, derribó al gallinazo que dada sus últimas vueltas,
- ¡el próximo jo de puta que hagay esto lo estaqueo, pa que se le quiten las ganas de joder!... ¡muevan el culo, que quiero estar en el fortín antes que se ponga el sol!...
Impuesto el orden, la tarea se retomó con cierta seriedad, y ya le toca el turno a su padre, que en el tumulto, estaba nuevamente en pie. Es derribado por el de a caballo,
Y se le escucha gritar,
-¡así se matan bestias, no hombres!...
Pero se equivocaba, pues el nunca había estado en una guerra, pero en este país, en estos tiempos, los vencidos eran matados, y de ese modo.
A su lado, un gauchito joven, apenas más que un niño, llora sin escándalos, pero sin poder contener el raudal de lágrimas,
- ¡valor hombre!, más sufren las hembras cuando paren…
- no tengo miedo, señor,
- y entonces, ¿Por qué llorás?
- por mi caballo…
- ¿por tu caballo? –pregunta sorprendido este recio capataz de estancia,
- ¿Por qué otra cosa?, si era lo único que tenía…
Y el sable que no se conmueve por la carne joven, ni yerta, sigue su trabajo con el muchachito. Y en ese momento al apartar la vista del horror que se comente a su lado,
sus ojos se encuentran con los del niño a la distancia. Como un regalo del cielo, antes de partir ver por última vez a su hijo.
Aunque no está seguro, pues podía ser un mal espíritu que lo vine a atormentar, incluso en esta momento final. Pero, no. Los espíritus no lloran.
Llega su hora, y no quiere doblar la cervical, no porque tema, o porque el cuello quiera zafar del sablazo. No es eso, sino que quiere seguir viendo los ojitos celestes de su hijo, de su ángel, que lo vino a acompañar a lo último del camino…
¿Qué va a ser ahora de él? Sin madre, desde que nació en un mal parto, y ahora sin padre…
- ¡sosteneme a este mal parido! –grita un soldado a su compañero de armas.
Sujetado por el cabello, con ambas manos lo obligan inclinar la cabeza…y el niño ya no llora…y baja el hachazo, que no logra quebrar el fuerte cuello, y viene un segundo intento. Entonces el soldado que lo tenía por los pelos se queda con la cabeza en las manos, y la sangre sale en violentos chorros del tronco bañando al mazorquero. El cuerpo cae hacia delante, y el milico enfurecido arroja la cabeza al montón de despojos.
Y el niño ya no llora, nunca volverá a llorar…su alma se había secado…
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