domingo, 17 de enero de 2010

Hotel mirador





“...yo tengo un hijo
fruto de amor,
de amor sin ley...
el hijo primero
después yo,
y después...
lo que sea...”



“La loba”, Alfonsina Storni.




Dedicado a Facundo, el norte de mi brújula...






1


El historiador judío Flavio Josefo cuenta que las tardes previas a las grandes batallas libradas por los Macabeos se veían en el cielo todo tipo de prodigios, caballos alados, serafines, demonios, y angeles, de todos modos, nadie dejaba de hacer sus preparativos de guerra; miraban al cielo y afilaban sus espadas.
El caso es que la tarde en que llegué al final de mi viaje, con el cuerpo hecho un calambre, barba, olor a güisqui barato y tabaco negro, con un bolso al hombro, un cuaderno ´de escribir la vida´, mal comido y peor dormido, me recibió el frío helado del lago Nahuel Huapi rodeado de montañas, soplando un viento diáfano desde el follaje de los interminables bosques de acacias... el cielo era tan extraño y misterioso como el de los libros de Josefo; se olía la irrealidad de los sueños y de las pesadillas; la estática de los segundos previos a la tormenta, “el extrañamiento”, la distancia con un mismo de esos momentos que se caminan al borde del abismo.
No había angeles ni demonios a la vista, y al otro día no iba a pelear con los griegos. Era mucho más simple, más pequeño y tonto que eso.
No hacia dos meses, mi mujer me plantó las valijas en el hall de la casa con un beso en cada mejilla, y desde entonces mi brújula giraba loca.
Pero al llegar con mi caterva de tristeza en esa “hora menguada de la tarde de mi vida” un sol irrespetuoso, un aire puro, una fuerza misteriosa me golpeaba la cara sin consideraciones, mostrándome su belleza de montañas, lagos y bosques habitados por dioses que no tienen problemas de mujeres...
Supe en ese momento y lo sé hoy, que el hueco de su ausencia me iba a doler siempre y me sentí estupido, ridículo.

De modo que comencé a buscar donde hospedarme. Necesitaba un buen baño y descansar. Tenía que ajustar mis gastos, pero no soportaba la idea de quedarme en un “hostel” o en un albergue de mochileros, no quería ver a nadie. No fue fácil dar con el lugar apropiado, pero, después mucho trajinar, cuando el sol comenzaba a ocultarse llegué a un viejísimo caserón de dos cuerpos que rezaba “Hotel Mirador”.

- está abandonado –pensé en voz alta,

Era una enorme construcción de tres pisos mirando al este, con un corredor de piedra en el medio bajando bruscamente hacia el lago, como toda aquella parte de la ciudad apoyada en la ladera de un cerro, rodeada de árboles, pintada de un rosa pálido, sucio y desgastado, con los goznes de las ventanas chillando, la maleza creciendo en el pequeño jardín... sus sótanos, sus altillos… un lugar “de miedo”...
En el mirador que daba al lago vi una anciana tejiendo. Respiré hondo, tomé valor y toque timbre. No sonó. Insistí, pero tampoco se escuchó nada. Golpeé la puerta con entusiasmo... nada... cargué mi mochila al hombro para salir del lugar, cuando a mis espaldas escuche una dulce y gastada vos

- joven, ¿busca hospedaje?...

Al voltear encontré los ojos azules de una anciana cenicienta, digna y hermosa.
¿Qué buscaba? Lo había olvidado hacia tiempo... pero una ducha y una cama, de momento eran suficientes.

- Sí, Doña, por unos días…

La anciana me recomendó no llevar gente a mi habitación por las noches y no hacer ruidos molestos

- porque acá, ya ve, somos gente decente...- dijo con una sonrisa picara.

- claro... yo no soy decente, pero soy muy silencioso- devolviendo el chiste.

El cuarto era de otra época, muebles viejos, colchón de resortes y estopa, pisos de madera, el baño, la grifería, todo hablaba de un pasado lujoso, el orden y limpieza eran exactos; la vista: increíble: la cúpula de la Catedral, la costanera, el Lago y como telón de fondo la Cordillera... por la módica suma de siete pesos el día.
Por fin tiré mi equipaje, me duché y salí a conocer la ciudad de San Carlos de Bariloche, santo patrono del chocolate.


2


Esa noche, al regresar, tuve el indicio de que algo no andaba del todo bien.
Era tarde, casi media noche, llevaba unas grapas de más y di tantas vueltas sin lograr encontrar el hotel que por un momento consideré la posibilidad de dormir en otro lugar y buscarlo por la mañana.
Estaba confundido y cansado, tanto que me acerque a un policía, para escuchar que no existía ningún hotel con ese nombre en la ciudad...

- oficial, le digo que si hay, que me hospedo en él, y no lo logro encontrar,

- ¿Usted estuvo tomando?

- si... ¡no!, bueno, gracias oficial, ya me arreglaré…

Seguí caminando y preguntando a las pocas personas que andaban a esa hora por la calle para recibir la misma respuesta. No era raro que luego de una borrachera escatológica acabase en Bariloche, sin equipaje y buscando un hotel fantasma que nadie había visto. Mascullaba esa posibilidad en los nubarrones de mi mente, cuando me cruce con dos muchachitas de rasgos mapuches, que me miraron con desconfianza...

- hola chicas, busco el “Hotel mirador”, una casona enorme que está sobre la calle Moreno... ¿la ubican?...

- si señor- respondió la más jovencita- pero ese lugar está cerrado hace años...

No me asombré; pensé que se guiaban por el aspecto, así que me ahorré las explicaciones y pedí que me indicaran el camino.
Además yo no era el único que me hospedaba, mientras me bañaba oí abrir y cerrar puertas, pasos y algunos decentes gemidos que no parecían de dolor.
Caminé con las dos jóvenes hasta llegar. Había pasado varias veces por la puerta sin lograr verlo; luego lo atribuí al cansancio, a los árboles, y a las grapas. Me despedí y esperé que se alejasen para entrar.
No se veía una ninguna luz... era muy tarde.

3


Los días siguientes fueron reparadores.
La primera mañana que desperté en ese lugar, no la olvido aunque pasaron muchos años.
Abrí los ojos teniendo frente a mí las montañas, el lago, la cúpula de la catedral, alrededor de la ventana un rosal blanco, los enormes pinos del hotel, las nubes eternas en las cimas de unos montes que hacían pensar en las leyendas aborígenes. Todo ese paisaje sobre mi cama, inundando la habitación, cobijándome con su majestuosidad; una entrada al paraíso... era Dios, en las montañas, en las nubes, abriendo las puertas de la catedral para compartir unas grapas, unas palabras y unas tristezas.
Y tal vez era cierto: “...no se puede ser torero, ni corsario sin tener un templo donde dar las gracias a Alguien por llevar, todavía, la vida a cuestas...”. Y aunque dudé cien veces de su existencia no pude dudar esa mañana, que Él estaba ahí, ahicito (como dirían en mi pueblo), a orillas del lago en ese edificio de piedra, con sus iconos de madera, su calor, su silencio, su alto campanario que se ve de lejos...
En mi convalecencia de corsario herido, en mi cama de hospital,, en uno de los pocos momentos de mi vida que no me sentí solo, un mundo mágico se metía en mi cuarto, con el orgullo, la fuerza y la indiferencia que solo tiene la belleza, la muerte y mi ex mujer, que son casi lo mismo.
Ciertamente hubiese preferido encerrarme entre paredes grises, ver caer la lluvia lentamente, saborear la amargura de la soledad, oír el silencio adormecedor, oler la humedad de este lugar, este hotel fantasma, al sur del mundo, y dejar pasar los días con desdén.
Pero la vida se jactaba de fregarme a la cara sus colores, sus misterios, su fuerza; mostrándome unos cerros que estaban ahí antes de que me pariese una mujer, y que seguirían ahí si yo tenía la bajeza de dejar el mundo, montañas hechas de piedra y no de carne tumefacta, débil y cobarde.

Miré, emborrache mis ojos, gocé como contemplando ese cuerpo desnudo que se desea, sin prisa... miré... y vi que estaba vivo... le sobrevivía a ella, al güisqui, a la cocaína y a la soledad. Y me alivie como después del martillazo en el dedo, después de que lo peor pasa, cuando el dolor comienza ceder.
Y entonces... ya que estaba vivo... ya que respiraba... llore...


4


Pase el día y los sucesivos conociendo la ciudad y durmiendo como no lo hacia desde guagua. Recobraba fuerzas, quedaron atrás las “mil noches en vela”, y ahora mi cuerpo se recuperaba en la seguridad y la complacencia de una mullida cama de hotel a luca seiscientos de kilómetros de casa, en una ciudad en donde la gente me saludaba por cortesía, pero en donde nadie me conocía, ni se preguntaba quien era yo.
Con el sol, que no falto ni un solo día, caminaba hasta que me dolían los pies, por la tarde me instalaba en algún café a leer o a escribir, y a la noche regresaba; a veces me tomaba unos tragos y otras leía para esperar un sueño que siempre, desde que recuerdo, tardo en venir.
Los días que estuve no me cruce con ningún otro pasajero, aunque por las noches se escuchaba el crujir de los pisos de madera y el chillido de las bisagras. Imaginaba que nadie quería ver, ni ser vistos por otros, para no romper el misterio de la soledad vivida en esa enorme casona...
Sucedió que una de esas noches estaba en la pequeña mesa escribiendo una carta, por cierto, una antología de lugares comunes del divorcio, cuando tuve la impresión de que me observaban al otro lado de la ventana; giré y no encontré a nadie. Continué escribiendo... pero al escuchar los tres golpecitos en el vidrio, la sangre se me helo en las venas y aunque no quise mirar ya no podía escribir.
Voltee sabiendo que no iba a encontrar a nadie, y así fue... me paré y haciendo acopio del poco valor que me quedaba abrí la puerta de mi habitación, me asomé a un corredor vacío, caminé hasta la puerta que comunicaba al patio trasero hacia el cual miraba mi ventana, escuchando el crujir de la madera bajo mis pies con el alma en vilo, lo recorrí iluminado por la luna, con un sudor helado en la espalda, girando la cabeza, sabiéndome observado, pero no encontré a nadie
Subí por el corredor hasta la calle, al pasar por debajo del mirador vi a la anciana tejiendo y casi en el mismo momento escuché su vos a mi espalda,

- hace frió, hijo, para andar paseando...

El mirador ya estaba vacío.
No lograba desentumecerme, escuchaba sus palabras desde muy lejos, invadido por una sensación de distancia;

- no me acostumbro a estar solo- dije, sin pensarlo,

- con el tiempo, uno se hace a todo... yo estoy sola desde que tengo memoria, y tengo mucha... y acá me ve...

- si, pero yo tenia...

- sé lo que tenia, y lo que perdió... es usted el que no sabe que aún tiene mucho más por perder... vaya a descansar, todavía está cansado... y luego siga su viaje...

- pero...

- y si alguna vez vuelve a caer, venga, acá no va a estar solo, yo siempre estoy tejiendo en ese mirador... y lo veo todo...
No comprendí lo que dijo, pero cuando quise hablarle ya no estaba ahí.
Volví a la habitación y me dije que si no me dormía en ese momento no lo iba a lograr hacer en toda la noche, ya no sentía miedo, estaba impresionado.
A la mañana siguiente me desperté con ganas volver al camino: “respirar y seguir”, es todo lo que se puede hacer en momentos como ese.
Al acercarme a la ventana desperezándome encontré una rosa blanca recién cortada. Abrí los vidrios y la tomé aspirando su suave aroma a cielo, aceptando la amistad que me regalaba una dulce y solitaria mujer con cientos de años.


5


Mientras escribo tengo frente a mí la rosa blanca... intacta... pasaron muchos años y no se marchitó.
Ese día el gesto de la anciana me lleno de ternura, con el tiempo me sorprendió que la rosa se mantuviese intacta, hoy lo entiendo:
“...si un hombre atravesara el Paraíso en un sueño, y le dieran una flor como prueba que había estado allí, y si al despertar encontrara esa flor en su mano... ¿entonces qué?...” dice Coleridge.
¿Entonces qué?...
¿Encontré a Dios tejiendo en el mirador de un hotel de Bariloche?
No es muy verosímil.
Pero algo quedó claro de ese viaje.


6


Esa noche para dar fin al luto comí ciervo ahumado, tomé un rico vino de Cafayate, de postre unos frutos rojos macerados en malbec (porque hoy día todo se hace con malbec, rúcula y parmesano... cultura palermitense, como le dicen), con helado y licor de casís; después fui a un pub, un sótano llamado “1978” en el que conocí a una hermosa uruguaya varios años mayor que yo, encantadora compañera de charla y güisqui, pero cuando nos comenzábamos a poner acaramelados, sin entender mucho el “porque” terminamos metidos en una “rosca” de la que saqué varios golpes... por suerte mi amiga tenia experiencia en trifulcas y se abría paso, botella en mano, cargando con mi maltrecha humanidad.
Nos echaron a las patadas en una mezcla de tumulto y risas desbocadas,

- ¡¡sos un Rambo a la hora de las piñas!!- se reía

Y llegamos hasta la puerta del hotel entre risas y besos

- ¿paras acá? –me preguntó escéptica,

- si, es barato y cómodo,

- pero ¿no está abandonado?, dicen que hay fantasmas,

- si, hay fantasmas, pero en mi habitación tengo una botella de Chivas... ¿venís?- lo cual también era mentira…

- por supuesto... veamos si peleas mejor en la cama...

Se quedo esa noche, y las siguientes.
A los tres días partimos rumbo a San Martín de los Andes por el Camino de los siete lagos, de mochileros.
Me despedí del paisaje con toda calma, lo quise fijar en mi memoria sintiendo que no lo volvería a ver; luego fui a entregar las llaves.
Toque el timbre que seguía sin sonar, nadie respondió, golpeé la puerta hasta aburrirme; esperé un rato pensando que la anciana habría salido de compras, pero mi compañera de viaje era bastante inquieta, de modo que le escribí una breve nota diciendo que le dejaba las llaves debajo de la maceta izquierda y agradecía la atención recibida; doblé el papel y lo metí en la ranura entre la puerta y el marco, cuidadosamente, dejando solo una pequeña punta asomada, para que no fuese a caer o a volarse.
Sentí no poder abrazarla... me despedí como el pasajero de la habitación catorce...


7


No fueron muchos los días que estuve en ese lugar, pero es extraño que lo haya sentido tan propio, sobretodo por el hecho de que padezco del vicio de odiar todos los lugares en los que me toca vivir...
Pero esa habitación tan vieja, solitaria, lejana, con entrada directa al cielo, con vista a esas montañas donde se escondieron los indios perseguidos por las legiones de la muerte del general Roca, y se transformaron en dioses, en bosques de piedra, en monstruos mitológicos y en fantasmas que extravían a los andinistas europeos en venganza; en este hotel con una vieja loca y misteriosa que teje en un mirador y dice que lo ve todo; en esta ciudad en la que regalan chocolate en las calles, y cuyas mujeres aman sin remilgos y viajan a través de cordilleras de a pie; en donde fui amigo de aventureros, perseguidos, parias y hombres que escapaban de su pasado... en cuyas avenidas yo podía escribir poesía, sin tener que ir a París, en donde las rosas no se marchitan nunca... ese lugar fue lo más parecido a la felicidad que conocí.
Una noche salí de viaje desde Buenos Aires, anduve por Tandil, Mar del Plata, amanecí una mañana en Rosario durmiendo en un cabaret de la calle San Martín... decidí en medio de una borrachera que iría a conocer la mitológica patagonia, me emborracharía, me pondría la treinta y ocho en la cien y me marcharía a buscar otra ciudad en la que tal vez pudiese, por fin, dormir.
Sin embargo, este lugar lo cambio todo, como dice Alejo “... hay actos que levantan muros, cipos, límites en una existencia...”, el día que me alojé en el Hotel Mirador, hice pie, toqué fondo, después de venir derrapando por años, y cambió mi perspectiva de la vida, se limpio mi horizonte.
Pero cuando quise dar por terminado mi viaje y elegir un lugar donde comenzar de nuevo, no pude elegir Bariloche, volví a Buenos Aires para estar cerca de mi hijo, o tal vez porque quiero guardar el mito de que hay una ciudad en el mundo en la que al llegar soy feliz… un refugio…
Lo cierto es que trabajaba en el micro centro porteño, de mozo, ya que no quise volver a la docencia, deseaba darle un giro a mi vida, buscaba cosas nuevas, además ganaba buen dinero.
Ahí conocí un muchacho del que me hice amigo, venia de vivir cuatro años en Bariloche. Un día charlábamos...

- es el lugar más hermoso que conocí – dije,

- si, pero caro,

- puede ser, aunque yo viajé con poca plata, buscando lugares baratos...

- ¿dónde paraste?

- en el Hotel mirador... en Moreno casi Freí...

- yo estuve un invierno en ese hotel, pero se llama “Los Andes”...

- no, “Los andes” está en la misma calle, este es otro, la casona rosada rodeada de...

- ¡¿no vas a decir que te quedaste ahí?! – me interrumpió incrédulo-

- si, ahí conocí a la uruguaya,

- ¿paraba en el hotel?

- no...

- pero no es posible, ese lugar está abandonado desde hace décadas, dicen cosas raras, de una vieja, y fantasmas, de gente que ha desaparecido en él...




8


Una mañana de abril, dos años después, estacionaba mi auto frente al controvertido hotel.
Había pasado mucho tiempo, y lo primero que recordé fue el agudo dolor que sentía en el pecho la última vez que había estado allí, y la pregunta que me hacia cada día: ¿cuándo se iba a ir?
Apagué el motor del auto y me quedé escuchando “Sueño con serpientes”, de Silvio Rodríguez, recordé la cura de sueño que hice en la habitación del borracho, y supe que ese dolor ya no estaba, que se fue muy lentamente, pero que un día, no recuerdo cuando, desapareció; me miré en el retrovisor, había cambiado mucho, comenzaba a asomarse la calva, y mi cara se arrugaba irremediablemente, pero estaba mejor; era un estudiante, calvo, de derecho; ya no fumaba, no tomaba, no olía a güisqui... y sobretodo: ya no amanecía triste y cansado.
Desperté a mi hijo, eran nuestras primeras vacaciones solos; apagué la música y busqué los abrigos.
Cuando estuvimos parados frente a la puerta vi la esquela que firmé dos años antes, las llaves estaban bajo la maceta izquierda.
Bajamos por el corredor, abrí las puertas que chillaron como antes, el cuarto se veía aseado y acogedor; me acerqué al ventanal con los ojos llenos de lagrimas, en un silencio como el que se guarda en un lugar sagrado...

- mirá papá...

al gira, sobre la cama encontramos otra rosa blanca, de las que son se marchitan.
Esta se la quedo mi hijo, la otra vive en mi biblioteca; las llaves decidimos dejarlas en el mismo lugar, por si algún día nos hacen falta... pero esta vez nos hospedamos en el “Hotel los Andes”.








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