a mi mousse de chocolate amargo…
No negocio mi tormenta,
por tu brisa,
ni tus prisas,
por mis cuarenta.
No permuto mi libertad,
por tus boinas y cadenas,
ni tus pechos de nena,
por mis noches de alta mar.
No cambio tu sístole,
por el de mis curanderas,
ni tu triste primavera,
por mi salvaje diástole.
No me place regalar mi paz,
por tu humor de niña mimada,
ni mi húmeda madrugada,
por las caricias que a veces das.
No comulgo con ruedas de molino,
ni me dejes perfumada la almohada,
no me vendas tu corazón inquilino,
de mocosa caprichosa enamorada.
“hacé tu camino de Santiago de Compostela, y a la vuelta buscame en el bar que me dejaste”
viernes, 26 de marzo de 2010
domingo, 14 de febrero de 2010
Desamparo
Dedicado a tía Mary, la mujer que más admiro...
Sabato dice que lo malo de emigrar es estar lejos del lugar en donde uno vivió su infancia.
La verdad no tengo ambiciones intelectuales, solo leo por distracción, por llenar las horas vacías de una vejez que decidió instalarse en mi cuerpo por mucho que me resistí. Mi oficio fue casi toda la vida la repostería, me dediqué a hacer tortas por encargo en una época en que las personas todavía tenían el paladar y la sutileza para apreciar un trabajo como el mío. Hoy las madres festejan los cumpleaños de sus hijos en Mc. Donald, y por torta ponen un alfajor cubierto de crema.
Luego de que falleció mi esposo, decidí no morirme con él y me puse a estudiar. Terminé la secundaria, y me recibí de técnico en óptica. Era la alumna más vieja, pero no la más aburrida de la clase.
Ahora que tuve que cerrar mi negocio solo me dedico a viajar con mis amigas, a cuidar a mis nietos y a hacer repaso de mi vida.
Fue larga, fue ardua, pero no puedo decir que no fui feliz, pagué cada rosa de mi jardín, cada media de mis hijos, cada metro de tierra de nuestra casa. Trabajamos muy duro, Hugo, mi marido y yo. Cuando él volvía de la fabrica de Pacheco se daba tiempo para ayudarme a decorar las tortas, y con los años fue una Doña Petrona. Por las tardes, le cebaba mates en el taller que montó en el garaje de nuestra casa para arreglar los autos de los vecinos y llevar unos pesos más al bolsillo.
Fuimos muy felices.
Pero no quiero hablar de mí.
Hace unos días me llegó un telegrama del ministerio de salud diciendo que Iván León Hewko había fallecido a los setenta y nueve años en el nosocomio en que estaba internado desde hacia más de veinte, y sentí el remordimiento de haberme cansado de él e intentar archivarlo en un pasado de la historia asiática en la que estuvo siempre atrapado, sin darle más ayuda que las visitas de rutina, y sus gastos.
Iván era mi hermano.
Iván se perdió el día que llego a Buenos Aires, y mi madre tardó años en encontrarlo. El intento, una vida, dejar de ser un niño perdido en el mundo, pero no lo logro. Como tampoco mi padre logró acabar la guerra que peleó en Ucrania, que trajo consigo hasta Barracas, se llevó al Borda, y de ahí a la tumba, rememorándola, peleándola en las trincheras de cada madrugada de frío, de cada noche de calor, de cada día que cerraba los ojos.
Pero esta, tampoco, es la historia de mi padre. Es la historia de Iván.
No la historia de su vida, sino de cómo llegó a la Argentina, de ese suceso que fijó su tiempo en mil novecientos cincuenta.
Mis padres emigraron de Ucrania después su anexión a la ex URSS, en plena hambruna que devastó la Europa del este. Papá era un soldado licenciado por las graves heridas que le afectaron entre otras cosas, la visión. Cuando volvió al pueblo de su infancia, como un inválido más de unas guerras incomprensibles, lo único que tenía era la promesa de casamiento de la bonita aldeana que fue mi madre.
Se casaron, siendo ella casi una niña, Vivieron en casa de mi abuela con los cuatro hermanos y seis hermanas de mi mamá. Al poco tiempo llegó Iván tan naturalmente como llega la primavera, y pese a lo difícil que era conseguir una papa para la sopa, nadie se escandalizo, por el contrario hubo alegría y esperanza en medio de una miseria atroz.
Para empeorar las cosas, en una de sus maratónicas borracheras, mi padre, tomó por el cuello al tabernero y lo degolló como a un becerro. De manera que tuvo que esconderse en los bosques y vivir la vida del fugitivo.
Fue entonces cuando decidieron emigrar a América.
Argentina era la promesa de abundancia, y el lugar en el que gente como mi papá podía lavar su pasado, pues nadie hacía preguntas. De modo que embarcaron en el puerto de Odessa en el Mar Negro, y luego de un periplo de cuatro meses llegaron extenuados, desnutridos y confusos a la Boca, para ser recibidos por Basilio, el mayor de los hermanos de mamá.
Pero Iván quedo al cuidado de su abuela y tías en Zhumbar, una aldea medieval oscura y supersticiosa
Más halla de los mitos del inmigrante que se hace rico en dos años vendiendo ´confeti´, mis padres no avanzaron fácilmente. Papá trabajaba en el puerto de changarín, mamá de empleada doméstica, y si bien ella ahorraba todo lo que podía, él, aunque no hallase jorilka en todo Buenos Aires, se las arreglaba con la ginebra y la caña, de manera que no era sencillo juntar el dinero para traer a mi hermano. Y a decir verdad, el inmigrante se acostumbra a todo, sufre, pero olvida. Yo había nacido al año de la llegada a la Argentina. Cuando cumplí los siete me enteré que tenía un hermano, pues nunca hablaron de él.
Luego de ocho años podían traer a su hijo.
Viajó con el menor de mis tíos Yuriy, desde Odessa en el Leopoldo II haciendo escala en varios puertos del mediterráneo. Al salir de Marruecos, el barco se declaró en cuarentena por tifus, de modo que el viaje se demoró cinco meses, en los que casi la mitad de los inmigrantes murieron a causa de la epidemia. Sus cuerpos eran arrojados la mar, sin muchos miramientos, ni mayores exequias.
Yuriy falleció una noche de septiembre consumido por la fiebre, de manera que Iván quedó abandonado al cuidado de quien se apiadase de él, solo y desamparado en un barco que tiraba muertos a diario, y viajaba directo al infierno.
La mañana del cuatro de diciembre el Leopoldo II atracaba en la Boca alrededor de las diez, de manera que mi madre despertó a las seis para estar temprano en el puerto
Cuando comprábamos el pan en el almacén, contó a sus vecinas que hoy llegaba su hijo desde Ucrania,
- pero Adelita, hoy no entra ningún barco – repuso el almacenero.
- si, si, el Leopoldo II, a eso de las diez…
- Adela, ese barco llegó anoche, y la mitad del pasaje murió de tifus en el atlántico – respondió con la cara desencajada…
Mamá quedó dura, herida de muerte, apretando mi mano hasta lastimarme. Cuando reaccionó, tiró la bolsa de mandados, el pan, y corrió calle abajo desesperada, sin decir una palabra. Yo volví al conventillo con una vecina, almorcé con ella, y para la noche, mamá volvía, sin el hermano prometido.
Las maniobras para ingresar al puerto, el amarre, y los permisos para desembarcar el pasaje duraron casi todo el día.
Por la tarde un centenar de hombres, mujeres y niños harapientos eran revisados como ganado, clasificados, registrados, algunos dejados en libertad, otros retenidos por motivos médicos, políticos o simples arbitrariedades.
Muchos de los recién llegados aprovecharon la oportunidad de darse un nuevo nombre, y algunos funcionarios de aduana aprovecharon su buen nombre para hacerse de unos pesos extras, en coimas.
Iván quedó en cuarentena por desnutrición, parásitos, piojos y por el sencillo motivo de que nadie lo reclamó. No era algo nuevo, todos los días llegaban barcos con niños abandonados. Cuando su estado mejoró, lo trasladaron al orfanato de San Telmo. Allí aprendió a hablar español, leer, escribir, cálculo y la historia de la gloriosa nación a la que había llegado.
Tres años después cuando jugaba al fútbol con sus camaradas fue llamado por la celadora,
- Iván, la señora es tu mamá, hace años que te está buscando…
El niño recibió la noticia con el mismo entusiasmo que recibía la orden de ir a clases o de bañarse, y esa noche durmió a veinte cuadras de su cama con un grupo de desconocidos.
Pronto acompañó a papá en los trabajos de mula del puerto y en las noches de ginebra y violencia.
Tuvo siempre una actitud distante con todos, excepto con papá, y cuando este fue internado para ser sometido a tratamiento de electroshock, Iván huyó de casa y solo volvíamos a verlo las veces que mamá lo iba a buscar a la comisaría trayéndolo de una oreja entre sermones e insultos por las mismas veredas que noches atrás, él, había golpeado a cinco hombres a la vez. Pero huía de nuevo a la primera curda.
Con los años empeoró, siguiendo la pendiente de papá.
En cierta ocasión, siendo ya un hombre de más de cuarenta años, que vivía en las calles, y dormía en las plazas, lo traje con nosotros e intentamos ayudarlo con todos nuestros medios. Pero fue inútil. Huyó como siempre.
Luego lo internamos en el lugar que murió hace unos días.
Hay solo dos cosas suyas que tengo presentes, su silencio, impenetrable; jamás supimos que pensaba, o que sentía, nunca una sonrisa o una palabra. Y la otra, sus ojos azules, incrustados en una enorme y maciza cabeza rubia, con una mirada que buscaba el horizonte por encima de mi hombro. Tal vez nunca supo que buscaba, y solo era un niño perdido, desamparado.
Abandonado por su madre en una aldea del Caucazo, arrancado de su pueblo y llevado en un viaje que, muerto su tío, la única persona que le conocía y a quien él conocía en ese barco, llegó a un país extraño, cuyo idioma no entendía, sin documentos, sin familia, sin nadie que lo espere…
Al cumplir los veinte años le pregunté cual era su deseo,
- volver al bosque- me respondió…
Yo nací en este país, subí la dura cuesta de la miseria, crié cuatro hijos, enterré a mi hombre, enfrenté al cáncer, y ahora me voy a morir en mi tierra.
Iván nunca tuvo un lugar, siempre fue un niño perdido en un lugar extraño, su pequeña mente atormentada buscó el camino de regreso a los bosques y praderas de su infancia…
… quiera Dios que lo encuentre…
miércoles, 3 de febrero de 2010
Ex nihil...
No me queda tinta,
no queda el tintero,
no me quedan ganas,
no hay sosiego,
no me quedan fuerzas,
ni esperanza.
no me quedan risas,
ni utopías,
no quedan preguntas,
ni sabiduría,
no quedo un ¿por qué?,
ni un ¿cuando?,
no quedan palomas,
no quedan mensajes,
ni añoranzas,
no quedo la magia,
ni tus ojos,
no quedo el capricho,
ni tu boca,
no quedo un refugio,
ni la madrugada,
no quedo el vacío,
no quedo más nada,
no quedan tus frases
corrosivas,
no queda la huida,
no quedan los días,
no queda un mañana,
no quedo el ultraje,
ni la incertidumbre,
no hay más chocolate,
no quedo la lumbre,
no quedo el juego,
ni cruzar miradas,
no quedo tu humor
de niña mimada,
no quedan las horas,
ni beberlas juntos,
no queda un “juntos”,
no hubo un “juntos”,
no hay un “juntos”,
no habrá un “juntos”…
“… por las arrugas de mi voz se filtra la desolación de saber que estos son los últimos versos que te escribo…” Sabina.
domingo, 31 de enero de 2010
Bronca con los dedos en "V"
...a los ´estúpidos imberbes´ que no dejaron de soñar...
Bronca habrá sentido Evita,
cuando el avión tocaba tierra,
y en el aeropuerto ya la guerra,
iba desgarrando a sus ´grasitas´.
Furia, indignación después de ver,
cuando los estúpidos imberbes,
fueron despreciados por soñar,
y sanar las manos lastimadas,
por nuestro oxidado General.
Bronca por vender los ideales,
de octubre del cuarenta y cinco,
esos de Guevara, Ghandi, Cristo,
por una mansión en Anillaco.
Cuando ya la bronca va pasando,
y se va calmando este dolor,
hoy no les reprocho tanta sangre,
tanta corrupción, tanta traición,
solo les maldigo por robarme,
la esperanza de un mundo mejor.
27-06-06
Bronca habrá sentido Evita,
cuando el avión tocaba tierra,
y en el aeropuerto ya la guerra,
iba desgarrando a sus ´grasitas´.
Furia, indignación después de ver,
cuando los estúpidos imberbes,
fueron despreciados por soñar,
y sanar las manos lastimadas,
por nuestro oxidado General.
Bronca por vender los ideales,
de octubre del cuarenta y cinco,
esos de Guevara, Ghandi, Cristo,
por una mansión en Anillaco.
Cuando ya la bronca va pasando,
y se va calmando este dolor,
hoy no les reprocho tanta sangre,
tanta corrupción, tanta traición,
solo les maldigo por robarme,
la esperanza de un mundo mejor.
27-06-06
sábado, 30 de enero de 2010
Que nadie lo sepa...
... al final no envejecimos juntos, pero envejecimos mucho...
No lo cuentes, no lo contaré,
que nadie sepa…
que calentamos la arena del mar,
que vimos amanecer juntos,
que escandalizamos a las viejas,
que nos escapamos del rebaño,
y de Dios, que no sepan…
Que nadie lo sepa…
que me regalabas rosas,
que me explorabas el cuerpo y el alma,
que soñamos con este hijo,
que soñamos…
Que nadie sepa…
que la lluvia nos encontró desnudos,
que caminábamos de la mano por el mar,
que amábamos los domingos por la mañana,
que fuimos amigos de verdad,
que mateamos tantas tardes,
que te escribí tantas cartas, tantas poesías,
tantas… tantas…
No deben saberlo, no deben…
que fuimos muy felices,
que nos amamos locamente,
que cada noche era una orgía,
que nos gustaba transgredir la vida,
tanto que terminó…
Que nadie lo sepa…
que te lastimé, que te engañé,
que me engañaste,
que te olvidaste de volver,
que te abandoné y me abandonaste.
No deben saberlo… no deben,
que estoy muriendo de a poco,
que sueño con tu cuerpo, que lo toco,
que es tu nombre el que más digo,
que me digo… que maldigo…
… la tarde que dejé de tejer tus caprichos…
…que nadie sepa que aún te amo…
9-6-04
jueves, 28 de enero de 2010
Los caminos de la libertad*
Dedicado a Maria Antonieta, por hacerme soñar...
En el pueblo de mi infancia los inviernos suelen ser muy fríos, y las tormentas pueden dar miedo. Vivir junto al mar tiene un poco de misterio, de aventura y una nostalgia que se pega a la piel como la sal en los días de verano. Pero sobre todas las cosas hay frió y cuando el verano termina, unas soledades de desierto.
Unos quince años después de haber terminado los estudios secundarios volví a visitar, no se bien a quien. Llegué un mediodía con mucho sol, de un junio bastante cruel. No tenia muchas personas a las que ver, y por una cuestión casi inconciente, de pronto estaba parado frente al colegio donde cursé mis estudios, y ahí es donde comienza la pequeña anécdota que voy a contar.
------------------------------------------------
Al verla pasar caminado por el patio con su pasito rápido y corto, sus libros contra el pecho, sus ojos azules, el pelo corto completamente blanco, pensé que era un sueño. Pero ella se detuvo, me miró incrédula, y se acercó,
- ¿Roberto?... ¡no puedo creer lo grande que estás!... ¡¿Cuántos años pasaron?!...
Y me abrazó como abrazan los maestros, sabiéndome todavía débil, inseguro, haciendo de cuenta que no veía a un hombre de treinta y cinco años con lagrimas en los ojos…
- quince años, o más…
- ya sos un hombre… ¡y qué hombre!...
- no esperaba encontrarla, profesora…
- Ana, ya no soy tu profesora. Y ¿Por qué no esperabas encontrarme?, estoy vieja pero todavía no me jubilo…
- es que me habían dicho… bueno, no se como decirlo… me dijeron que Ud. había fallecido…
- bueno, esa información es bastante inexacta, como verás… seguro que hay varios que están esperando que me muera, pero sigo siendo la directora de este colegio, y dando clases… Vení, ¿queres ver la escuela?, la ampliamos, se construyeron nuevas aulas, cambió mucho, hay muchos profesores nuevos…
Y comenzamos a caminar por los pasillos que me eran desconocidos, yo con una congoja de crio, y ella tomándome por el brazo como a un amigo de toda la vida.
- Tengo que decirle, Ana, que está hermosa, me parece que mucho más linda que la última vez que la vi, en la fiesta de graduación…
- ¿de verdad?... no estarás queriendo coquetear conmigo… mirá que me hiciste renegar, eras un rebelde… te peleaste con medio plantel de profesores, pero con las profesoras eras un dulce de leche… ¡atorrante!...
Llegamos a la sala de profesores, y me presento como si hubiese sido un alumno emérito. Eran casi todas caras desconocidas. Casi todas, pero al final de la sala estaba él, con una taza de café en la mano, en esa postura de macho porteño, vulgar y chauvinista, más parecido a un taxista que a un docente. Y de pronto recordé cuanto había odiado a ese hombre.
No fue mi profesor, en realidad no era profesor, aunque daba algunas materias. Era jefe de preceptores, de hecho no era nadie, un perdedor, un ignorante, un borracho. Lo único importante que hizo en su vida fue enamorar a Ana, una cordobesa con dos licenciaturas a los veinte pocos años, ingenua, que todo lo que sabia de los hombres era que llevaban un apéndice colgando entre las piernas, porque le pidio a su hermano menor que se lo mostrara cuando ya empezaba a ser una adolescente, y que eran autoritarios, bebedores, y padres de familia que amasan fortunas para permitirle a sus hijas hermosas que estudien filosofía, y poder sacarlas de la cárcel moviendo todas sus influencias y pateando las puertas de todos los despachos, porque su niñita estaba metida en una barricada entre subversivos, estudiantes y los mecánicos de SMATA, con una treinta y ocho en la mano, haciendo puntería a la cabeza de la guardia de infantería, en pleno “cordobaza”.
Esa era ella una hija de familia bien, padre senador y hacendado, que había estudiado filosofía, letras y pedagogía, que había metido la cabeza en quibombos grandes, de los que tuvo mucha suerte de sacarla entera, y de salir de la comisaría siendo todavía virgen. Pero claro, tocarle la nena al senador Geralnik era lo mismo que poner los huevos en una prensa.
La semana que pasó presa cambió su vida, se volvió más jodidamente rebelde, y se mandó la cagada de mirar a los ojos verdes de un conscripto alto, fuerte y hermoso, que la trataba como a una estatuilla de cristal, y en su inocencia, en su miedo, en su soledad de presidiario adolescente, escuchando como picaneaban a sus compañeros de facultad, tuvo la cobardía de enamorarse de ese muchacho que la cuidaba, más que vigilarla.
Ese era este hombre que tenía frente a mi extendiéndome la mano, quien todavía comía y bebía porque ella le dio trabajo, pese a que él se lo devolvía con borracheras, noches de cabaret, insultos y trompadas.
Y yo, cuando era un pibe tenia muy decidido matarlo y llevarme a esa mujer a vivir a otro país, si solo me contestaba una de las ciento treinta y cuatro cartas que dejaba en los bolsillos de sus abrigos, o entre sus libros. Tal vez de ahí me vino el hábito de escribir.
- Supe que sos un exitoso abogado, para nosotros es un gran orgullo que uno de nuestros alumnos haya llegado a ser ´alguien´…
Y juro que pese a mis treinta y cinco años, sentí esa nausea adolescente en el estomago, y estuve a punto de contestarle,
- ¿alguien que no vive de su mujer?...
Pero ya no era un rebelde.
- gracias, Eduardo, pero creo que exagera… soy un abogado más entre los cientos que hay en la ciudad.
- vamos, Roberto, sin modestias, que nadie daba dos pesos por vos…
- si, lo se, es Ud. muy amable en recordármelo, de todos modos, por lo menos, era un muchacho que estaba en la mente de todos…
- ¡eso si! jaja, sin duda, ¡que le sacaste canas verdes a tus maestros!...- dijo Ana para distender una situación que se comenzaba a poner incomoda.
Salimos de la sala de profesores, y me pidió que la acompañe a un aula, pues tenía que dar una clase, cuando llegamos, me dijo,
- ¿tenés que irte?
- la verdad, no tengo nada que hacer, ¿me permite estar en su clase?...
- si, pero te voy a hacer trabajar.
Entramos al salón y me presento como el Dr. Roberto Gera, un ex alumno de la escuela que estaba de visita, contó algunas anécdotas de las travesuras que solía hacer, como ¨ratearme” una semana seguida para ir a jugar torneos de pool con los borrachos de un bar, y encima ganarles y sacarles la plata. Cosa que me costó quince amonestaciones y una de las palizas más gratificante que me dio mi madre (gratificante para ella, era su sino).
Y luego dijo,
- el Dr. Gera, era un muchacho con mucho interés en esta materia, yo creí que iba a terminar siendo profesor de filosofía, lo cierto es que era a una de las pocas materias que le prestaba atención, y de no ser porque sus posiciones siempre eran muy radicales alguna vez lo hubiese aprobado…
- Eso es cierto profesora, siempre terminaba en los recuperatorios de diciembre cebándole mate…
- Nada de reproches. Bueno, ahora el Dr. nos va a hablar del filosofo que estamos estudiando, Jean Paúl Sastre, van a ver que explica todo muy sencillamente. Roberto explicanos eso que se llama la fenomenología, porque nos está dando problemas entenderlo…
La verdad, es que por no tener la costumbre de hablar frente a muchas personas, o porque todo lo que me estaba pasando traía mucha nostalgia, al querer hablar no se escuchó mi vos, y recién cuando logré relajarme, y poner mis pies sobre el Tratado de ontología fenomenológica, con las risas cómplices de los muchachitos y muchachitas de ese quinto año, comencé a deshilvanar a Sastre entrándole por Husserl. Hablé unos cuarenta minutos hasta que sonó el timbre y el aula estallo en un aplauso, entonces sentí tener que irme. Me gustaba eso.
Almorzamos en un pequeño restaurant frente al mar, y le conté en una apretada síntesis los años que pasaron tan de prisa, mi carrera, mi divorcio, mi trabajo, en el fondo eso era todo, trabajo, y vacío. Tomamos vino, me dijo que tenía que volver al colegio, pero que como ya no daba ninguna clase ese día se iba a permitir el exceso.
- Yo no quiero meterme en tu vida, pero creo, siempre creí que eras un muchacho muy sensible, con mucho humor, y con el don de la palabra, y hoy cuando te escuchaba hablar, me decía “¡cómo quisiera yo tener un profesor así!”… pienso que si dieses algunas materias te haría muy bien, y te podría ayudar a salir del encierro en el que vivís…
- puede ser…
- no me digas “puede ser” hago esto hace casi cuarenta años, y aunque a veces estoy cansada, si yo no tuviese mis chicos hace rato que…
Y ví en sus ojos un dolor que conocía. Tuve el impulso de besarla, pero solo tome sus pequeñas y arrugadas manos entre las mías, como queriendo darles calor, y me metí en el fondo azul de su angustia.
- Todavía tengo tus cartas… algunas eran muy efusivas… jajaja… yo me decía “por Dios, este muchachito tiene una tormenta hormonal”, pero me hacia muy feliz sentirme deseada, saberse mirada, me alegrabas la semana, y me reía mucho…
- vio como son los muchachos…
- si, pero vos fuiste especial, porque hay que tener valor para declararle un amor tan desbocado a tu profesora y directora, casada y con hijos, y tratar de convencerla de huir a otro país… jajaja…
Tomamos el café y la llevé hasta la escuela, cuando me tuve que despedir, apenas encontraba las palabras
- pensá en lo que te dije de dar clases, es muy gratificante… Todavía tengo los libros que me regalaste “Los caminos de la libertad”, y la dedicatoria estuvo mucho tiempo dándome vueltas por la cabeza, “Tomá el mazo de naipes, cortá. Si sale impar perdí, prometo no volver a escribir otra carta. Pero si sale par, deja toda esta mierda y nos escapamos a otro país. Te amo.”
- ¡que atrevido!, pero es que estaba locamente enamorado de Ud…
Y quise preguntarle porque nunca dejó a ese perdedor, porque lo soportó toda una vida, si era solo un cerdo que la avergonzaba frente a todos. Pero que derecho tenía yo que me había casado a los veinte, me había divorciado dos años después y hacia una década que estaba solo sin encontrar el valor de volver a intentarlo…
- hoy, si no fuera tan vieja, me iría con vos a otro país…
Me abrazó y se me escapo la debilidad,
- es que vivo tan lejos, tan solo… - no se si trataba de convencerla de que todavia era posible o de que nunca lo fué...
- “Tomá el mazo de naipes, cortá. Si sale impar, perdiste. Pero si sale par dejá todo, huí a otro lugar, buscá una mujer que te ame y ya no sigas llorando tu cobardía”.
----------------------------------------------
Desperté con la boca seca por el whisky y el tabaco de la noche anterior, con la cara hermosa de Ana mirándome desde muy lejos.
Ella murió hace algunos años, vivió toda su vida al lado de un hombre que solo la cuidó cuando estuvo presa, el resto de su matrimonio fué un ´via crucis´. Al año de su fallecimiento, su esposo murió de tristeza.
Me pregunté todo el día ¿cómo alguien puede ser tan estúpido de tener una mujer tan hermosa, tan inteligente, tan romantica, y no disfrutar cada mañana que se despierta a su lado, cada mirada, cada sonrisa, cada tarde, noche o mañana que la desnuda, cada palabra que sale de su boca, cada vez que se enoja... y luego morirse de pena?…
Fin.
* Me apena usar este título, pero en el se cierra todo lo que cuenta la historia
En el pueblo de mi infancia los inviernos suelen ser muy fríos, y las tormentas pueden dar miedo. Vivir junto al mar tiene un poco de misterio, de aventura y una nostalgia que se pega a la piel como la sal en los días de verano. Pero sobre todas las cosas hay frió y cuando el verano termina, unas soledades de desierto.
Unos quince años después de haber terminado los estudios secundarios volví a visitar, no se bien a quien. Llegué un mediodía con mucho sol, de un junio bastante cruel. No tenia muchas personas a las que ver, y por una cuestión casi inconciente, de pronto estaba parado frente al colegio donde cursé mis estudios, y ahí es donde comienza la pequeña anécdota que voy a contar.
------------------------------------------------
Al verla pasar caminado por el patio con su pasito rápido y corto, sus libros contra el pecho, sus ojos azules, el pelo corto completamente blanco, pensé que era un sueño. Pero ella se detuvo, me miró incrédula, y se acercó,
- ¿Roberto?... ¡no puedo creer lo grande que estás!... ¡¿Cuántos años pasaron?!...
Y me abrazó como abrazan los maestros, sabiéndome todavía débil, inseguro, haciendo de cuenta que no veía a un hombre de treinta y cinco años con lagrimas en los ojos…
- quince años, o más…
- ya sos un hombre… ¡y qué hombre!...
- no esperaba encontrarla, profesora…
- Ana, ya no soy tu profesora. Y ¿Por qué no esperabas encontrarme?, estoy vieja pero todavía no me jubilo…
- es que me habían dicho… bueno, no se como decirlo… me dijeron que Ud. había fallecido…
- bueno, esa información es bastante inexacta, como verás… seguro que hay varios que están esperando que me muera, pero sigo siendo la directora de este colegio, y dando clases… Vení, ¿queres ver la escuela?, la ampliamos, se construyeron nuevas aulas, cambió mucho, hay muchos profesores nuevos…
Y comenzamos a caminar por los pasillos que me eran desconocidos, yo con una congoja de crio, y ella tomándome por el brazo como a un amigo de toda la vida.
- Tengo que decirle, Ana, que está hermosa, me parece que mucho más linda que la última vez que la vi, en la fiesta de graduación…
- ¿de verdad?... no estarás queriendo coquetear conmigo… mirá que me hiciste renegar, eras un rebelde… te peleaste con medio plantel de profesores, pero con las profesoras eras un dulce de leche… ¡atorrante!...
Llegamos a la sala de profesores, y me presento como si hubiese sido un alumno emérito. Eran casi todas caras desconocidas. Casi todas, pero al final de la sala estaba él, con una taza de café en la mano, en esa postura de macho porteño, vulgar y chauvinista, más parecido a un taxista que a un docente. Y de pronto recordé cuanto había odiado a ese hombre.
No fue mi profesor, en realidad no era profesor, aunque daba algunas materias. Era jefe de preceptores, de hecho no era nadie, un perdedor, un ignorante, un borracho. Lo único importante que hizo en su vida fue enamorar a Ana, una cordobesa con dos licenciaturas a los veinte pocos años, ingenua, que todo lo que sabia de los hombres era que llevaban un apéndice colgando entre las piernas, porque le pidio a su hermano menor que se lo mostrara cuando ya empezaba a ser una adolescente, y que eran autoritarios, bebedores, y padres de familia que amasan fortunas para permitirle a sus hijas hermosas que estudien filosofía, y poder sacarlas de la cárcel moviendo todas sus influencias y pateando las puertas de todos los despachos, porque su niñita estaba metida en una barricada entre subversivos, estudiantes y los mecánicos de SMATA, con una treinta y ocho en la mano, haciendo puntería a la cabeza de la guardia de infantería, en pleno “cordobaza”.
Esa era ella una hija de familia bien, padre senador y hacendado, que había estudiado filosofía, letras y pedagogía, que había metido la cabeza en quibombos grandes, de los que tuvo mucha suerte de sacarla entera, y de salir de la comisaría siendo todavía virgen. Pero claro, tocarle la nena al senador Geralnik era lo mismo que poner los huevos en una prensa.
La semana que pasó presa cambió su vida, se volvió más jodidamente rebelde, y se mandó la cagada de mirar a los ojos verdes de un conscripto alto, fuerte y hermoso, que la trataba como a una estatuilla de cristal, y en su inocencia, en su miedo, en su soledad de presidiario adolescente, escuchando como picaneaban a sus compañeros de facultad, tuvo la cobardía de enamorarse de ese muchacho que la cuidaba, más que vigilarla.
Ese era este hombre que tenía frente a mi extendiéndome la mano, quien todavía comía y bebía porque ella le dio trabajo, pese a que él se lo devolvía con borracheras, noches de cabaret, insultos y trompadas.
Y yo, cuando era un pibe tenia muy decidido matarlo y llevarme a esa mujer a vivir a otro país, si solo me contestaba una de las ciento treinta y cuatro cartas que dejaba en los bolsillos de sus abrigos, o entre sus libros. Tal vez de ahí me vino el hábito de escribir.
- Supe que sos un exitoso abogado, para nosotros es un gran orgullo que uno de nuestros alumnos haya llegado a ser ´alguien´…
Y juro que pese a mis treinta y cinco años, sentí esa nausea adolescente en el estomago, y estuve a punto de contestarle,
- ¿alguien que no vive de su mujer?...
Pero ya no era un rebelde.
- gracias, Eduardo, pero creo que exagera… soy un abogado más entre los cientos que hay en la ciudad.
- vamos, Roberto, sin modestias, que nadie daba dos pesos por vos…
- si, lo se, es Ud. muy amable en recordármelo, de todos modos, por lo menos, era un muchacho que estaba en la mente de todos…
- ¡eso si! jaja, sin duda, ¡que le sacaste canas verdes a tus maestros!...- dijo Ana para distender una situación que se comenzaba a poner incomoda.
Salimos de la sala de profesores, y me pidió que la acompañe a un aula, pues tenía que dar una clase, cuando llegamos, me dijo,
- ¿tenés que irte?
- la verdad, no tengo nada que hacer, ¿me permite estar en su clase?...
- si, pero te voy a hacer trabajar.
Entramos al salón y me presento como el Dr. Roberto Gera, un ex alumno de la escuela que estaba de visita, contó algunas anécdotas de las travesuras que solía hacer, como ¨ratearme” una semana seguida para ir a jugar torneos de pool con los borrachos de un bar, y encima ganarles y sacarles la plata. Cosa que me costó quince amonestaciones y una de las palizas más gratificante que me dio mi madre (gratificante para ella, era su sino).
Y luego dijo,
- el Dr. Gera, era un muchacho con mucho interés en esta materia, yo creí que iba a terminar siendo profesor de filosofía, lo cierto es que era a una de las pocas materias que le prestaba atención, y de no ser porque sus posiciones siempre eran muy radicales alguna vez lo hubiese aprobado…
- Eso es cierto profesora, siempre terminaba en los recuperatorios de diciembre cebándole mate…
- Nada de reproches. Bueno, ahora el Dr. nos va a hablar del filosofo que estamos estudiando, Jean Paúl Sastre, van a ver que explica todo muy sencillamente. Roberto explicanos eso que se llama la fenomenología, porque nos está dando problemas entenderlo…
La verdad, es que por no tener la costumbre de hablar frente a muchas personas, o porque todo lo que me estaba pasando traía mucha nostalgia, al querer hablar no se escuchó mi vos, y recién cuando logré relajarme, y poner mis pies sobre el Tratado de ontología fenomenológica, con las risas cómplices de los muchachitos y muchachitas de ese quinto año, comencé a deshilvanar a Sastre entrándole por Husserl. Hablé unos cuarenta minutos hasta que sonó el timbre y el aula estallo en un aplauso, entonces sentí tener que irme. Me gustaba eso.
Almorzamos en un pequeño restaurant frente al mar, y le conté en una apretada síntesis los años que pasaron tan de prisa, mi carrera, mi divorcio, mi trabajo, en el fondo eso era todo, trabajo, y vacío. Tomamos vino, me dijo que tenía que volver al colegio, pero que como ya no daba ninguna clase ese día se iba a permitir el exceso.
- Yo no quiero meterme en tu vida, pero creo, siempre creí que eras un muchacho muy sensible, con mucho humor, y con el don de la palabra, y hoy cuando te escuchaba hablar, me decía “¡cómo quisiera yo tener un profesor así!”… pienso que si dieses algunas materias te haría muy bien, y te podría ayudar a salir del encierro en el que vivís…
- puede ser…
- no me digas “puede ser” hago esto hace casi cuarenta años, y aunque a veces estoy cansada, si yo no tuviese mis chicos hace rato que…
Y ví en sus ojos un dolor que conocía. Tuve el impulso de besarla, pero solo tome sus pequeñas y arrugadas manos entre las mías, como queriendo darles calor, y me metí en el fondo azul de su angustia.
- Todavía tengo tus cartas… algunas eran muy efusivas… jajaja… yo me decía “por Dios, este muchachito tiene una tormenta hormonal”, pero me hacia muy feliz sentirme deseada, saberse mirada, me alegrabas la semana, y me reía mucho…
- vio como son los muchachos…
- si, pero vos fuiste especial, porque hay que tener valor para declararle un amor tan desbocado a tu profesora y directora, casada y con hijos, y tratar de convencerla de huir a otro país… jajaja…
Tomamos el café y la llevé hasta la escuela, cuando me tuve que despedir, apenas encontraba las palabras
- pensá en lo que te dije de dar clases, es muy gratificante… Todavía tengo los libros que me regalaste “Los caminos de la libertad”, y la dedicatoria estuvo mucho tiempo dándome vueltas por la cabeza, “Tomá el mazo de naipes, cortá. Si sale impar perdí, prometo no volver a escribir otra carta. Pero si sale par, deja toda esta mierda y nos escapamos a otro país. Te amo.”
- ¡que atrevido!, pero es que estaba locamente enamorado de Ud…
Y quise preguntarle porque nunca dejó a ese perdedor, porque lo soportó toda una vida, si era solo un cerdo que la avergonzaba frente a todos. Pero que derecho tenía yo que me había casado a los veinte, me había divorciado dos años después y hacia una década que estaba solo sin encontrar el valor de volver a intentarlo…
- hoy, si no fuera tan vieja, me iría con vos a otro país…
Me abrazó y se me escapo la debilidad,
- es que vivo tan lejos, tan solo… - no se si trataba de convencerla de que todavia era posible o de que nunca lo fué...
- “Tomá el mazo de naipes, cortá. Si sale impar, perdiste. Pero si sale par dejá todo, huí a otro lugar, buscá una mujer que te ame y ya no sigas llorando tu cobardía”.
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Desperté con la boca seca por el whisky y el tabaco de la noche anterior, con la cara hermosa de Ana mirándome desde muy lejos.
Ella murió hace algunos años, vivió toda su vida al lado de un hombre que solo la cuidó cuando estuvo presa, el resto de su matrimonio fué un ´via crucis´. Al año de su fallecimiento, su esposo murió de tristeza.
Me pregunté todo el día ¿cómo alguien puede ser tan estúpido de tener una mujer tan hermosa, tan inteligente, tan romantica, y no disfrutar cada mañana que se despierta a su lado, cada mirada, cada sonrisa, cada tarde, noche o mañana que la desnuda, cada palabra que sale de su boca, cada vez que se enoja... y luego morirse de pena?…
Fin.
* Me apena usar este título, pero en el se cierra todo lo que cuenta la historia
lunes, 18 de enero de 2010
Recuerdos de infancia
Dedicado a Flavia, nieta de guerreros…hija de nadie
1
Era un paraje solitario en el medio de la llanura amarillenta y eternamente castigada por los vientos.
Cuando por las tardes subía a la sierra podía ver el largo e interminable riel del ferrocarril, atravesando la llanura, como una cicatriz. De un lado pastizales cortos y tierra marrón, sin un árbol, ni una construcción, solo campo, hasta unirse con el cielo. Del otro lado, pegada a la vía, la estación; detrás y a cierta distancia, nuestra casa con sus dependencias: un galpón que hacia a su vez de establo para nuestros animales, el baño y un gallinero prolijamente cuidado.
Mi casa era tan parecida a la estación, con su techo a dos aguas, de sólida piedra, con sus altas ventanas, sus dinteles, su galería; como la estación lo era a todas las que construyeron los ingleses en su andar por el mundo, en la India o en Sudáfrica.
Echas para que duren muchos siglos.
En esa casa nací y crecí. En esa sierra veía pasar los trenes y las tardes intuyendo que había otro mundo por los libros de mi padre y por los rieles que anunciaban otros destinos.
Mi ´tata´ era el jefe de estación, el guardabarrera, el personal de maestranza, inclusive la autoridad civil y judicial de la zona. Y de ser necesario oficiaba como cura cuando había que sepultar algún muerto.
Pues, normalmente de tanto demorarlo esperando los Santos Oficios, de tanto asado, para pasar el tiempo, tanto vino, tanto mate, tanta guitarra y payada, tanto comadreo, el fiambre se comenzaba a cocinar solito en la sala de la estación, sin que se pudiese entrar por la hediondez dulzona de la muerte, y porque ya casi ninguno recordaba que eso era un velorio.
Entonces, al cabo de un par de días, en los cuales se habían engendrado dos o tres niños, para reemplazar al difunto. Se habían corrido unas cuadreras. Se habían trenzado los borrachos pendencieros, faca en la derecha y poncho enrollado en la izquierda, a modo de escudo. Luego de que se hubiese negociado alguna tropilla. Entonces, cuando el evento amenazaba en degenerar en fiesta popular y empalmarlo con las Natividades de Jesús.
Y cuando en el comadreo del fogón, algún desmadrado había pasado, sin escala, de la “luz mala”, al “familiar”, al “porá”, y siguiendo la línea del razonamiento se había ido a meter con los monstruos de hierro, y las ideas apocalípticas concomitantes, que por estás lejanías era el Ferrocarril Sud.
En ese momento, con el acordeón en las manos, herido en su positivismo, en su calidad de jefe de la estación y en su orgullo de agente del progreso. Mi padre interrumpía un jolgorio que amenazaba con perpetuarse:
- ¡Bueno, bueno!... ¡haber si nos dejamos de macaneo!, y enterramos al finado antes de que se lo acaben las cucarachas.
Y a falta de cura, o de alguien que supiese leer, ponía cara de circunstancia, digamos, la solemnidad de quien se las entiende con misterios trascendentales, quien matea con el Tata Dios, mientras la paisanada anda renegando con la vaca, el caballo y la bosta.
Sin mucho protocolo rumiábamos un Ave Maria, poco más que un murmullo confuso, que incluso podía creerse que lo rezábamos en latín.
En eso se estaba el día que llego a tiempo el cura, en un zulki desvencijado, con su barriga abultada como de hidropico, que en realidad era de bebedor fuerte, imbatible, también, en su capacidad de gula, con su cara colorada, su trabajosa respiración, sus mofletes siempre agitados, y una calva franciscana hecha por los años y el descuido, más que por la filiación monástica.
Y luego de echarnos encima toda la Cúpula Celeste, por brutos y sacrílegos, en su enroscado castellano con trazos de catalán y puteador empedernido, se quedo una semana cristianizando a sus bestias:
- ¡¿Pero que coños sois?!, bestias o cristianos que no sabéis el Ave Maria…- nos increpó por saludo.
Casó a los amancebados, bautizó a los críos para que no fueran consumidos a fuego y tormento en el infierno. Inclusive circuncido a un gaucho, de quien no se decían buenas cosas.
Fue una situación muy discutida, que pudo haber abierto una apología teológica, de no ser que todos éramos unos ignorantes, la noche en que se lo encontró agachado y con el instrumento del susodicho en la mano…
- ¡Pero hombre!, ¡que le estoy circuncidando!... ¿o no sabéis que es un Sacramento?- nos explicó el buen cura.
No lo sabíamos, pero de todos modos nadie quiso tomar un sacramento optativo y dudoso.
A la semana se despedía con lagrimas en los ojos, llevándose al paisano circunciso para hacerlo sacerdote.
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2
Fuera de los entierros, los cuales a mi infantil entender eran un suceso divertidísimo, no sucedían grandes cosas.
Excepto por la Navidad y mi cumpleaños, que si bien no tenían un difunto al cual espiar con mis camaradas de travesuras, o hincarle ramas en los ojos, de todos modos eran los momentos más bonitos pues mi padre siempre me sorprendía con regalos que en un principio me desconcertaban, pero que luego me mantenían fuera de la cotidiana rutina hasta una nueva sorpresa.
Así fue con mi yegua Sofía, el velocípedo, que muchos años después comencé a llamar bicicleta para evitar las carcajadas de mis pares; el telescopio, mi primer rifle, los muñecos de madera que no dejaban de caminar a menos que los derribara por la fuerza, y de todos modos seguían pataleando, y los libros, muchos libros.
Además de esto, el día a día se iba entre el tren que pasaba a las seis de la mañana, rumbo al sur. Hora en la que mi madre ya había preparado el café fuerte y amargo, que papá tomaba mientras se engominaba hacia arriba su frondoso bigote; ya calzadas las botas, los pantalones negros de franela, una casaca corta, sombrero de ala ancha, y su Máuser 1889 cargado, como si fuera a hacer la guerra, o a matar elefantes al África, con mucha elegancia.
Todo esto para recibir un tren que dejaba correo, alguna mercadería, escasas ocasiones un pasajero, y dos o tres veces al año para cargar granos o mayormente lana, que según palabras de mi padre era embarcado en puertos del sur para:
- cagar al gobierno…
Aunque yo no entendía esto ultimo, ni tampoco lo de puertos, ni embarques.
El segundo tren pasaba a las cinco de la tarde, hora, que en invierno está cayendo el sol, de modo que solo en verano veía el convoy desde la sierra.
Este nunca cargaba nada (algo tendría que ver con las palabras de mi tata), y se dirigía al norte, hacia Buenos Aires.
Con respecto al tren de la mañana nunca pude imaginarme donde se detenía. Pero de la ciudad al que iba el tren de la tarde sabía muchas cosas, sobretodo por los libros que leía.
Tenía entendido que era una ciudad muy grande y bonita, en la que había muchas casas todas juntas, sin campo de por medio; y en donde a las mujeres se les decía “damas”, las cuales usan unos vestidos enormes, y un esperpento de sombrero llamado “miriñaque”. A no ser que vendan velas o mazamorra, en cuyo caso no se les dice damas, sino “negras”, y llevan pañuelos en la cabeza.
Los hombres suelen ser muy elegantes, como mi padre, aunque tengo entendido que no llevan armas, y se pasan el día en la Estación Central, que se llama Cabildo, peleándose con el Rey, o Virrey, quien, parece ser, que se escapó con un cofre lleno de oro, a la ciudad de Córdoba, cuando llegaron los ingleses a poner el ferrocarril.
Pero, en todo caso, era el Rey, y dueño de todo. Además, decía mi padre, que todos los reyes hacen esto de cargarse con el oro y salir disparando.
Lo cierto es que se la pasaban entre guerras, ventas de mazamorras y velas, peleas en el Cabildo, declaraciones de independencia, y cosas parecidas, mientras sus mujeres, vestidas como payasos, no hacían otra cosa que pasear.
Extraña cosa, nunca entendí como podían vivir entre esos quehaceres sin que nadie se ocupe del ganado o de la labranza.
También sabía que al lado de la Estación Central estaba el puerto, con sus barcos y su mar. Que era como el bebedero de las vacas, pero mucho más grande, y los barcos unos inventos de papel, que el maestro echaba a andar hasta Europa… o hasta que se lo comía una vaca bruta, que no sabía nada de navegación, ni de geografía. Cuando muchos años después vi una fragata me decepcionó saber que no eran de papel.
Esto con respecto al tren que iba al norte.
Con respecto al otro, llegaba hasta el final del mundo, en donde había una ciudad y una cárcel, luego hielo y mar… “el continente blanco”
- Que todavía no ha sido conquistado por el hombre, pero que pronto lo será- decía el maestro.
La escuela funcionaba en el comedor de mi casa entre los libros, la chimenea siempre prendida, las armas, las idas y venidas de mi madre en sus tareas.
Éramos nueve alumnos alrededor de la mesa familiar escuchando extasiados unas vainas de “Jardines colgantes de Babilonia”, de “muros de Jericó caídos al toque de trompeta”, de los teoremas de un tal Tales y otro Pitágoras, de un muchacho que mataba gigantes a gomerazos, y de unos monos que se transformaban en hombres de a poquito, motivo por el cual los africanos, que nunca habíamos visto, eran negros. Cosa de la que ya comenzábamos a desconfiar.
- yo creo que tu tata está chiflado…- me dijo una tarde Miguel, mientras hacíamos puntería con mi carabina.
- yo también- respondí susurrando al oído, como si pudiese escucharnos en el medio de la pampa.
- si, pero que buenas historias cuenta- agregó Miguel.
Mi padre, también, era el maestro.
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3
Después de la clase cada uno volvía a su rancho, excepto cuando había tormenta o malón. No sabíamos muy bien de que se trataba. Pero en esos casos las clases se hacían más largas, mi madre se pasaba el día cocinando, y se improvisaban camas alrededor de la chimenea
La diferencia entre un malón y una tormenta era que en el primero no pasaba el tren, y podíamos quedarnos sin comida. En cuyo caso mi padre tenía decidido comerse primero los caballos, luego los perros, y si el asedio continuaba, también a los indios. Que según él, eran muy sabrosos, algo así como monos, pero más malos y salados.
En cambio, en una tormenta hay lluvia, truenos, granizo, rayos, y lo más peligroso era que uno viniese a dar sobre nuestra casa, para cuya eventualidad mi padre había trabajado arduamente, enterrando una lanza bajo la casa, la cual estaba conectada a otra en el techo. Una cosa de brujería.
Pero en los malones el peligro era ciertísimo, tal es así que se cargaban todas las armas, y mi tata pasaba la noche en la mecedora de la galería, con el máuser sobre las piernas.
Mamá preparaba café, sus dos Colt 45, y una carabina con la culata tallada en la que se veía una batalla entre indios y colonos.
Por la mañana ella dormía cerca de nosotros y papá nos despertaba para empezar la clase.
Los malones solían acabar después de que pasaba algún tren hacia el sur, cargado de soldados, fusiles y caballos.
A los dos o tres días volvían muy contentos, aunque a veces eran menos. Nos regalaban muchas cosas. Conversaban con papá, a veces discutían y seguían viaje.
Luego venían los papás de mis amigos y cada cual a su rancho.
Por algún motivo ellos tenían ranchos y yo casa.
Por otro lado, una tormenta acaba cuando el Tata Dios termina de baldear sus pisos.
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4
Siempre nos gustaron más los malones que las tormentas.
Ver a mamá vestir pantalones, botas, camisa, hacerse dos largas trenzas con su pelo rubio, llevar el cinto con balas y sus pistolas plateadas. Era como las heroínas de las películas que hoy veo en mi vejez, pero mucho más callada, con una mirada que podía calar en el fondo de las mientes, era la única persona que no tenía miedo, como si lo que sucedía no tuviese ningún misterio para ella.
Mi padre que solía ser excéntrico y hablador, se volvía serio y silencios. Lo cual me hacia pensar que algo malo sucedía.
Estaba acostumbrado a verlo con su acordeón, contando historias, o haciendo cosas de hechicería, como el jaleo de parar los rayos con un palo. Siempre con una sonrisa, y unos chistes, a veces socarrones.
De todos modos vivíamos una aventura de las más hermosas, por las armas, la parafernalia, y la expectativa. Aunque tuviésemos miedo de acabar por comernos los caballos…en todo caso no sería la primera vez.
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5
Sin embargo, un día el asunto empezó siendo un malón, después se desató una tormenta del demonio. Pasaron tres trenes hacia el sur, que no volvieron.
Y la tormenta cesó, pero el malón, no.
Durante el día, luego de la clase, jugábamos en el campo, sin alejarnos de la casa, pero al caer el sol, nuevamente nos encerrábamos.
Mi padre y mi madre estaban cada día más serios mirando siempre hacia el horizonte.
Las cosas empeoraron la noche en que despertamos por el disparo del máuser que hizo temblar la tierra.
Vimos desmontar a un gaucho harapiento, sucio y muerto de hambre, que traía la muerte dibujada en el rostro.
Mientras papá le cosía el hombro, que le habían abierto de un sablazo, él tomaba grapa, y comenzaba a soltar la lengua,
-¡esos milicos hijos de una gran puta han acabado con toda la peonada!...
Contaba que les hacían cavar las tumbas y luego los fusilaban al ladito, para ahorrarse trabajo, pues eran muchos los finados.
- ¿muchos?, ¿cuántos?
- no sé doña, pero mataron a todos los que conozco…a toda una tropilla…mataron a mi hermanito…un gurí de doce años…
Entonces, a este gaucho, uno de esos hombres duros, a quien tanto conocía, hombres que no sueltan una lágrima ni al enterrar a sus madres, le rodaban las lágrimas por las mejillas, mientras apretaba los dientes con ojos encendidos de fuego, violencia y dolor.
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6
En esos días escuché a mamá decir un rosario completito de puteadas, cosa que no solía suceder. Ni siquiera cuando vinieron los indios a casa y se quedaron a comer con nosotros.
Una noche que siempre recordé, porque uno de ellos, a quien faltaban tres dedos, extendiendo la mano, me dijo
- a tu tata le gusta comer indio…
Y todos se rieron cuando pregunté a cual nos comeríamos esa noche.
Luego, mi madre me contó que era hija de un cacique quien trabajaba haciendo malones, y de una irlandesa que sabia tejer, curar todas las enfermedades con yuyos, leer el futuro en las manos y en el fuego, y muchas otras cosas.
Estaba casada con un inglés muy rico que montaba trenes por toda América, y fue robada por los indios de su estancia en un malón.
Pero cuando su esposo fue a rescatarla, con los caballos, los soldados y los fusiles, después de hacer una carnicería entre la indiada, mi abuela, arrugada muy joven por la vida salvaje, con el poncho manchado de sangre, montada sobre un tordo y dirigiendo a la veintena de salvajes que habían sobrevivido y seguían dispuestos a jugarse la vida del último hombre, antes que los gringos se llevasen a la esposa de su cacique… le dijo al hombre que todavía era su marido, en un claro inglés victoriano,
- te me vas bien al carajo, tu y su Majestad la Reina, pues yo no volveré a vivir entre cerdos borrachos e impotentes, y si quieres, me matas aquí mismo, porque si no dejas libre a mi esposo y te vas de mis tierras, te arrancaré el cuero cabelludo, las orejas y se las despacharé a la Reina en obsequio, pues huevos no tienes, para que pueda cortárselos.
Dicen que el inglés se puso pálido, (ese fue el gesto más dramático de su fría vida británica) y ordenó a sus hombres dar la vuelta. A los dos días, el cacique, volvía a su tribu.
Esta historia me hizo entender muchas cosas.
Una, que el indio sin dedos era mi abuelo.
Y la otra, por qué mi padre que era tan valiente, tan sus ruidosas botas, su bigotazo, su Máuser, tan respetado por todos, nunca contradecía a mi madre cuando esta se enojaba, y me decía,
- venga hijo, ensille y vayamos a cazar, que su madre está en los días malos…
Es decir, que estaba enojada, aunque a mi me seguía sonriendo y mimando como siempre.
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7
Pero esa noche maldecía en castellano, inglés y lengua araucana, caminando de una punta a la otra de la galería con el rifle en la mano y los ojos llameantes.
Al voltear la cabeza me miró de frente, se detuvo y dijo a papá,
- si escondemos a este hombre ponemos en peligro a los niños…
- si lo dejamos ir se muere o le matan…
- bien- reflexionó- pero habrá que prepararse…
Por la noche llego una mujer con su guagua a horcajadas, la mirada fría, la boca seca, y la historia de que le habían matado al marido y tres hijos.
Y dos noches después aparecía, al despuntar el alba nuestro cura, con el caballo reventado por la travesía, acompañado del gauchito circunciso, que no pasó de monaguillo, gritando en un catalán colérico unas diatribas parecidas a las de mi madre, y contando los horrores que ya no sorprendían a nadie.
Al día siguiente, luego de haber conversado durante largo rato, subieron a la sierra los hombres con palas y picos, y volvieron dos horas más tarde trayendo varias cajas. En una había fusiles, en otras, balas, en la última, que era tratada con el cuidado de un bebé, unos tubos de madera, que el cura me enseño, diciendo,
- esto es dinamita, niño. Con una haces volar la casa, y con la caja haces volar la luna… ¿entiendes?... ¡coño!, pues entonces no toques, niño…
La tarde siguiente llegaron tres soldados y un indio. No me pareció extraño, estaba acostumbrado a ver pasar militares y aborígenes.
Mi padre salió a recibirlos, pero ellos sin desmontar, y con mucha prepotencia lo rodearon,
- estamos buscando un reo, usted lo habrá visto pasar, pues le venimos siguiendo y la huella nos trae hasta acá…- el salvaje era el baquiano.
- tienen que haber perdido el rastro, pues por acá no pasó nadie…
Se miraron entre ellos con desconfianza, y el sargento volvió a hablar,
- ¿quién está en la casa?
- mi mujer, mis hijos, y el cura del pueblo, que pasa unos días con nosotros…
El sargento hizo un movimiento de cabeza señalando la casa, y los tres enfilaron hacía ella. Mi padre tomó por el brazo al aborigen y lo miró sin decirle una palabra. Este se quedo parado en el lugar, y papá apresuró el paso detrás de los caballos.
Llegaron hasta la casa, desmontaron, ataron los animales a la baranda de la galería, y subieron la escalera, entrando como se lo hace a una pulpería, prepotentes y desconfiados.
El cura estaba sentado en una mecedora leyendo un libro, en el lado opuesto del comedor, mi madre lavaba y pelaba papas, los niños estábamos en mi habitación jugando o simulando que lo hacíamos.
Mamá, al ver llegar a los milicos, nos ordenó ir a jugar a la pieza y no salir por ningún motivo,
- Hijo confió en usted. Si yo disparo, luego lo hace usted. Al pecho y hasta que no quede ninguno en pie… ¡¿está claro!?...
- si mamá- respondí apretando mi carabina.
La mujer, el gaucho que había llegado herido, y el aprendiz de sacerdote, se habían escondido en el altillo. También estaban armados.
El cura cerró su libro al entrar los soldados, mi padre quedó parado en el umbral de la puerta, cuando uno de los soldados le puso una mano en el pecho para cortarle el paso.
Mamá siguió pelando las papas como si nadie hubiese llegado.
El sargento se le acercó por la espalda, lentamente, y comenzó a tocarle las piernas y los pechos, a respirarle en la nuca y a besarla.
Al ver la escena, papá, trató de empujar al soldado que lo detenía, pero este le propino un tremendo culatazo en la cara y mi tata cayó desplomado. En el mismo momento que el otro desenfunda y encañona al cura.
Yo sin saber si mi padre yacía muerto, pero viendo que sangraba a raudales, desarmado y sin haberse defendido. Y viendo al milico asqueroso que manoseaba a mi madre como a una puta, salí de la habitación dispuesto a matarlos, con la furia ciega de un muchachito de doce años que desconoce el peligro.
Todo sucedió en el mismo momento, el soldado que apuntaba al cura, al verme armado, gira su brazo decidido a dispararme. En ese momento la explosión de una escopeta me estremece. Al tiempo que lo veo volar y perder jirones de carne del torso, veo la sotana del sacerdote levantada y humeante el caño del arma que llevaba oculta.
Quedo paralizado de terror, sin poder moverme, sin poder disparar, atrapado en unos segundos que fueron los más lentos que viví.
El sargento se vuelve intentando desenfundar su pistola, pero mi madre que está a su espalda le toma la cabeza con una mano y con la otra le abre un surco en la garganta tan profundo y ancho que podría entrar una mano de canto.
Sin poder sostener la cabeza, y sujetándola desesperadamente con las dos manos, sin contener la catarata de sangre que se le escapa tan rápido como la vida, se tambalea, y cae empujado por la patada que el cura le surte en el pecho.
El tercer soldado, que había derribado a mi padre, y estaba parado junto a su cuerpo inconciente, trata de incorporarse, pero ya es muy tarde.
De un lado tiene el caño de una Colt en la sien, y del otro la escopeta recortada del párroco.
Deja su rifle lentamente en el piso, dibujando una sonrisa tensa y maligna.
- ¡puta!, nadie mata a un milico y lo cuenta – dice, al tiempo que escupe en la cara de mi madre.
- afuera – responde ella, fría, impasible, sin haber perdido la calma ni por un momento.
Y salen caminando, atrás la mujer que guía a punta de pistola.
Mientras mi padre se comienza a parar ayudado por el sacerdote, se escucha un disparo, y vuelve mi madre con el caño del arma respirando el humo de la pólvora, y limpiándose la sangre del rostro, con la expresión del cirujano al salir de la sala de operaciones luego de una rutina difícil pero exitosa.
Pasa junto a mi padre, se agacha levemente lo mira y le acaricia el cabello, pero viene directo hacia mi, con una expresión adusta, fría, rigurosa, quedan a su espalda los dos cuerpos en un lodazal de sangre, uno con un hueco enorme en el estomago, y el otro con la cabeza casi desprendida de los hombros.
Pero de pronto sonríe, y vuelvo a ver la mujer que conozco.
Me toma por los hombros,
- ¡hay Dios!, ¡qué hombres tengo!... uno se hace romper la cara, y el otro se me mea encima…
Y se ríe, y me abraza, y lloro, y me termino de mear…
---------------------------------------
FIN
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